viernes, 20 de mayo de 2011

El traje de Jorge

El viaje con Elma dio, efectivamente, para mucho.

El sábado catorce de mayo por la mañana bajamos desde la aldea hasta A Pobra de Navia, capital del Concello de Navia de Suarna y orgullosa Capital de Os Ancares, como no pierde ocasión la villa de remarcar en publicaciones tanto institucionales como publicitarias. A Pobra de Navia está situada en el fondo del valle del río Navia, caudaloso y gélido, rodeada de altas cumbres y bosques frondosos.

Granelma, la madre de Elma, quería ir a la peluquería para estar lista para el bautizo del día siguiente, y Elma y yo queríamos hacer compras, que con esto de viajar en Vueling a bajo coste y sin maleta que facturar nos ahorrábamos colas y tiempo perdido facturando, sí, pero en el equipaje de cabina no puedes llevar absolutamente nada, ni after shave ni cuchillas de afeitar, ni lima ni cortaúñas, en fin, que nos habíamos presentado con solo la ropa y sin un neceser decente.

Dejamos a Granelma en la peluquería, donde aún estaban acabando el peinado de la clienta anterior, y nos fuimos de Shopping. No es que en Navia haya mucho comercio donde elegir, pero sí lo justo para cubrir las necesidades básicas. Compramos los útiles de aseo y afeitado en el supermercado Claudio, que siempre me recuerda a las “General Store” de las películas del Far West, porque tiene de todo. Compré yo después en el estanco una navaja Taramundi, de afilada hoja y bonito mango de madera de boj labrada, para llevarla en el bolsillo, como todos los hombres de la comarca, y dejarla luego allí, en el pueblo de Elma, para futuras ocasiones, que si hay un número que no me gustaría volver a repetir es de las navajas que aparecieron en el bolso de mano de Elma justamente en el control de seguridad del aeropuerto de A Coruña hace dos septiembres. Compramos también en la carnicería unos buenos filetes de ternera (De ternera de verdad, no de lo que en Barcelona llaman ternera, que es como poco novilla…), y volvimos a la peluquería a buscar a Granelma.

Aún estaban dándole los últimos retoques, y nos quedamos fuera, apoyados en el capó del coche mientras Elma fumaba uno de sus Nobel Triple Filtro. Al lado de la peluquería, justo frente al coche, el pequeño escaparate de una tienda de ropa masculina llamada “Modas Víctor”. Aún en silencio, no se me pasó el gesto amargo de Elma al mirar el escaparate, y le pregunté qué le pasaba.

-No me pasa nada, solo recordaba… Acompañé a mi hermano Jorge a esta misma tienda el día antes del entierro de mi padre. Él nunca había tenido traje ni corbata, no se había vestido así jamás, ni en las bodas a las que había sido invitado, pero mi madre le pidió que lo hiciera para el entierro, y él, aún a regañadientes, accedió. Como no tenía ni idea, me pidió que le acompañara, y lo hice. Le elegí un traje gris marengo con corbata negra, que le quedaba perfecto. Era extraño verle así, trajeado y encorbatado, no parecía él, pero estaba favorecido, casi guapo…

Me permití una sonrisa nostálgica recordando yo también al áspero y rudo Jorge, montañés hasta la médula, embutido en aquel traje.

-¿Y en qué pensabas, en el traje…?

Elma negó con la cabeza, y sus ojos se enturbiaron.

-Sí y no. Pensaba en el traje, y en el día que Jorge lo compró para el entierro de papá, y en lo poco que imaginábamos ni él ni yo, ese día, que antes de un año a Jorge le amortajarían con ese mismo traje…

Un escalofrío me recorrió la espalda. No pude ir al entierro de Jorge y no le había visto.

-¿Le… le enterraron con ese traje?

-Claro, no tenía otro, y mi madre así lo quiso…

Ahora fuimos los dos los que nos quedamos mirando en silencio el escaparate de “Modas Víctor” Elma acabó el cigarrillo y arrojó lejos la colilla, con reprimida furia.

-¿Qué os pasa? – Preguntó de pronto Granelma, que había salido sin que lo advirtiéramos de la peluquería, haciéndose presente a nuestro lado – Parece que hayáis visto un fantasma…

Elma dibujó una breve y falsa sonrisa en su rostro y la ayudó a subir al coche, tras abrirles yo la puerta.

-Tranquila, mamá, los fantasmas solo se aparecen de noche…

Pero no es verdad. Un fantasma nos observaba desde el escaparate.

En la foto que ilustra el artículo, extraída de la galería de Alberto Torres en Panoramio, el río Navia cursa, caudaloso y salvaje, bajo el Ponte da Pobra, el puente medieval que desde hace mil años es símbolo de la villa. Justo a la derecha del puente, otra de las joyas de A Pobra de Navia, el hórreo más alto que se conserva en España, elevado sobre cuatro recias columnas de piedra.

4 comentarios:

pseudosocióloga dijo...

¿Y de qué murió Jorge?
Muy bonito puente.

Jan Berg dijo...

Pseudo, Jorge murió de cáncer, igual que su padre. De hecho, exactamente el mismo tipo de cáncer y en el mismo sitio... Solo que mucho más grave y fulminante.

El padre luchó cerca de tres años contra la enfermedad. A Jorge se lo diagnosticaron a principios de Febrero y murió a finales de Marzo.

Madame Milagros dijo...

mm a veces dicen que como terapia hay que ir a lugares que nos traen malos recuerdos y enfrentarlos... yo no soy de esas... puede que una vez vaya, pero estar ahí unos minutos me lastimaría, es como tener una herida y no dejarla sanar... que pena por Jorge... y sobretodo por los familiares que tienen que enterrar a sus seres queridos...
la foto me ha encantado es un lugar tan bello, tan verde... debe ser uno de los pulmones del lugar...
besos y abrazos Jan, nos estamos leyendo.

la MaLquEridA dijo...

Que pena que a los fantasmas no podamos ahuyentarlos de nuestra memoria.


Me gusta mucho ese lugar Jan, muy bonito.


Un abrazo fuerte y un saludo a Elma si me lo permites.