domingo, 15 de abril de 2012

Visitando el viejo barrio

El sábado por la mañana Elma y yo hicimos una visita a su viejo barrio, Santa Eulalia, donde vivió casi desde que llegó de Galicia hasta que iniciamos nuestra convivencia el verano pasado. Hacía, qué se yo, tal vez cuatro meses que no íbamos por allí, pero, aprovechando que su hijo, Cornelio, nos dio la oportunidad de llevarnos algunas cosas de su antiguo piso, donde él vive ahora, antes de que las tirara, sustituidas por funcionales (aunque horribles) muebles de Ikea, aprovechamos para echar un vistazo, al piso en particular, y al barrio en general.

El piso… Como es lógico, Cornelio ha cambiado todas las cosas que durante años quiso cambiar sin que su madre le dejara, eso Elma ya lo tenía asumido, y realmente le gusta que él se haya responsabilizado no solo de redecorar, sino también de limpiar y organizar, cosas que viviendo ella allí no hacía en absoluto. Cornelio ha madurado, y eso, por más que su gusto estético sea discutible, es digno de elogio.

Con respecto al barrio, las emociones de Elma al recorrer de nuevo, tras tanto tiempo ausente, las calles de Santa Eulalia, eran más encontradas de lo que a primera vista se pudiera pensar. Sé que no se arrepiente de vivir conmigo, y sé que tiene asumido también que esa convivencia, por circunstancias que ahora me sería largo y penoso detallar, solo se podía hacer en mi piso, pero Santa Eulalia ha sido su barrio durante más de media vida, allí están las tiendas donde compraba, y las vecinas con las que mantenía una estrecha relación de confianza, las que la ayudaron a criar a su hijo tras su traumática separación, las que le prestaron apoyo (y a veces comida) cuando se quedó sola. A esas vecinas, sus vecinas, su gente, les debe muchos favores, la unen recuerdos imborrables, y es evidente que dejarlas, marchar de allí, le dio una pena infinita. Máxime cuando el sitio donde vivimos ahora, sí, es el centro, está muy bien comunicado, y tenemos a cinco minutos todas las áreas comerciales del mundo, pero no es verdaderamente un barrio, a lo que ella estaba acostumbrada, sino una zona comercial, de paso, donde parece que todo el mundo va y viene con prisa, como si nadie viviera allí. Comprendo que sea difícil para Elma adaptarse, no se puede sin más pasar de Santa Eulalia al puñetero centro neurálgico del Eixample sin notar el cambio.

Elma no quiso recrearse en su nostalgia, ni bucear más de la cuenta en agridulces recuerdos, evitó saludar a vecinas que inevitablemente, por la hora que era, nos invitarían a comer, y solo se permitió una visita de cortesía, a La China.

El bar estaba montado mucho antes de que el primer inmigrante chino llegara a Santa Eulalia, era gallego y se llamaba Laxiana. Sus antiguos propietarios orensanos no tuvieron suerte, y al cabo de unos años cerraron el negocio. Estuvo muchísimo tiempo así, hasta que un joven matrimonio chino lo compró y reabrió, manteniendo el nombre, que pronto dejó de usarse. El barrio entero empezó a llamar al bar “La China”, porque era ella, la esposa, quien lo atendía habitualmente. La mujer que impensadamente  dio nombre al bar se llama Bing Qing, que significa Clara Como El Hielo, pero, al igual que ocurrió con el nombre de su negocio, que por decisión popular pasó de Laxiana a La China, Santa Eulalia en peso se encargó de rebautizarla, de modo que el rarísimo Bing Qing quedó reducido a Vicky.

Vicky es una mujer luchadora, madre casi soltera (Porque su marido poco hace) de dos hijos, que regenta su negocio y su casa con mano de hierro, pero sin perder nunca la sonrisa, ni caer en el pesimismo. Vicky lo ha pasado mal, muy mal, en su adaptación a Santa Eulalia desde la remota provincia de nombre impronunciable, situada en el norte de China, de donde procede. Es normal que Elma simpatice con alguien con ese perfil. Elma lleva fuera de su casa desde los doce años y vino a Barcelona, sola, a los diecisiete, con un contrato en el bolso y más miedo que vergüenza. Entre Elma y Vicky hubo y hay una simpatía que es ya amistad, y fueron muchas las tardes que Elma y yo pasamos en el bar de Vicky, bebiendo, charlando y viendo los partidos de fútbol, cuando era yo quien me desplazaba para pasar los fines de semana que no trabajaba en el piso de Elma en Santa Eulalia.

El sábado, los dos volvimos al bar de Vicky, hicimos allí el vermouth, cosa extraordinaria, porque nunca solemos hacer vermouth, y yo, tras los saludos iniciales, me aparté para ponerme frente al televisor y las dejé que hablaran más o menos a solas. Cosas de chicas. Mejor no meterse, que ya he aprendido la lección… Después, tras despedirnos efusivamente, en el metro, le pregunté qué tal lo llevaba, porque la veía triste. Elma sonrió. “Bien” me dijo. “Si solo hubiéramos ido de visita sin hablar con nadie me parece que estaría peor, pero esa conversación con Vicky me ha hecho mucho bien. Tenemos que volver de vez en cuando…” Asentí, la abracé y dejé que ella descansara su cabeza en mi hombro, evitándole el traqueteo del convoy que nos alejaba a toda velocidad de su viejo barrio, rumbo a nuestro piso de alto standing (así nos lo vendieron) en el no-tan-maravilloso centro de Barcelona…
La imagen que ilustra el artículo, una imagen promocional de la película “The Waitress”, con Keri Russell y Cheryl Hines, que en España re-titularon “Recetas de Amor”

3 comentarios:

Fiebre dijo...

Haces un poema de cualquier cosa sencilla , aunque sea agridulce, que nos ocurra en la vida...

Jan Berg dijo...

Querida Fiebre, estamos a la par, que tú también haces poesía de un comentario cualquiera...

pseudosocióloga dijo...

Pues donde esté un buen "vermouth" que se quite la comida.
Yo soy partidaria de volver, de segiur haciendo la compra allí, de visitar....