viernes, 20 de abril de 2012

La niña del autobús

La conozco, de vista, hace tiempo, supongo que desde principio de curso, porque no recuerdo haberla visto el año anterior. Nunca me había fijado demasiado en ella, más allá de la natural curiosidad que me provoca el mundo y la gente que me rodea, que soy de natural observador, a veces hasta el descaro. La calculo, así a ojo de buen cubero, unos doce o trece años. Quien parece ser su madre la trae en coche, un enorme todoterreno Toyota, hasta la Plaza Kennedy, y allí la deja, esperando el autobús en la parada origen de la línea 58, sola, vestida siempre con un vistoso uniforme escolar de polo y calcetines color amarillo mostaza y falda por las rodillas, en un llamativo gris muy parecido al “feldgrau” de la uniformidad alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Una de tantas niñas uniformadas que se dirigen a sus colegios privados, por la zona alta, a primera hora de la mañana.

Bien, situémonos el pasado miércoles, sobre las ocho y media, que cuando salgo del trabajo a la hora que debería salir no coincido con ella, solo cuando salgo más tarde, casi todos los días. Esta vez, la niña en cuestión ya está en la parada cuando llego yo, y acompañada de una amiga, compañera de colegio, porque viste el mismo uniforme que ella. Hablan animadamente entre ellas, en voz baja, entre sonrisas, sentadas en el escalón de una cafetería que hay justo frente a la parada donde ya espera el largo vehículo articulado próximo a salir. Me pongo lejos, pero una señora con un niño de unos dos años sentado en un carrito, que quiere colocarse de manera que no moleste al tránsito de personas por la acera, hace que me mueva hasta quedar, en pie, justo al lado de las dos escolares.

-Pues sí – está diciendo la amiga de mi compañera de autobús – A Marta la seleccionaron con un solo casting, y no tuvo más que leer una frase y sonreír a la cámara, solo eso. Después, una mañana de rodaje, y ya está, total ha faltado solo dos días, y la han pagado doce mil euros…

La otra niña abre los ojos como platos bajo el flequillo ondulado, castaño rojizo, que le cae graciosamente sobre la cara.

-¡Hala! – exclama - ¡Doce mil euros! Yo por esa pasta me dejaría hacer lo que quisieran…

Su amiga ríe ante la ocurrencia, meneando la cabeza desaprobatoriamente.

-Qué dices, tía, lo que quisieran… Jajaja… Vete tú a saber lo que querrían… Jajajaja

Pero la niña con la que habitualmente coincido en el autobús, contrariamente a lo esperado, la mira con seriedad, y responde solemnemente a las burlas de su amiga.

-Lo que quisieran es lo que quisieran, ya me has oído. Por doce mil euros me compran entera…

La frase me deja estupefacto. Y no solo a mí, que su amiga también la mira cariacontecida, con la sonrisa congelada, ya sin ánimo de burla, en el rostro. Ambas  permanecen en silencio los pocos segundos que tarda el conductor en abrir las puertas y dejarnos subir. Luego, se sientan al principio, y yo al final, así que me quedo sin enterarme de una posible segunda parte de la conversación, pero ya tengo bastante para darle vueltas...

Así que a esa tierna niña de unos trece años, con su uniforme escolar incluido, la puede uno “comprar entera” por doce mil euros. Dicho por ella misma. Es para mear y no echar gota.  Claro está que a su edad no tendrá claro, ni por asomo, las vivencias oscuras y terribles que pueden llegar a implicar, llegado el caso, la expresión que ella ha empleado, comprar entera, pero su disposición a entregarse a lo desconocido por dinero me asombra en una cría tan jovencita, y además de clase alta, es decir, que tampoco está pasando precisamente penurias.

Yo, a su edad, controlaba las pequeñas cantidades que manejaba habitualmente, para comprar chicles, por decir algo, o jugar al futbolín, pero no hubiera podido decir si doce mil euros, o dos millones de pesetas, que habría sido el equivalente de la época, era poco o mucho dinero, o las cosas que se podría comprar con esa cantidad. A los doce o trece años yo estaba aún muy lejos de haber establecido mentalmente las  medidas del dinero, lo que era poco o mucho, suficiente o necesario. Y esta niña, en cambio, ya ha llegado a ponerse precio a sí misma…

¡Oh tempos, oh mores!, que decía el gran Cicerón. Me temo que ya no debe queda nada verdaderamente inocente, puro y limpio en este mundo.


La imagen que ilustra el artículo, dos escolares inglesas que he “tomado prestadas” de cierta página rusa repleta de fotos de niñas en uniforme escolar, no quiero saber con qué intención.

8 comentarios:

pseudosocióloga dijo...

Tremendo.

Misaoshi dijo...

Madre-del-amor-hermoso.

Doce mil euros. Eso no te da para nada, pequeña.

Cómo están cambiando las historias.

Babilonio dijo...

Comprendo tu inquietud, pero no la comparto, como bien dices no sabe lo que está diciendo. El mundo de la información pone en sus bocas expresiones impropias de su edad.
Ni sabe lo que son doce mil euros, ni lo que significa que la compren entera.
No es mas que cháchara de niños, espero.

Mi casa de juguete dijo...

Supongo que todos en esas edades dijimos tonterías. Ya crecerá...

Jan Berg dijo...

Efectivamente, Pseudosocióloga, tremendo

Jan Berg dijo...

Misaoshi, si está acostumbrada a manejar cantidades inferiores a digamos cincuenta o cien euros, doce mil le debe parecer la fortuna del Aga Khan.

Y sí, las historias están cambiando, porque el mundo en general está cambiando. A peor.

Jan Berg dijo...

Dios de oiga, Babilonio.

Querría, claro, creer que es como tú dices. Pero mira, había algo en su determinación... En fin. Que mejor que me equivoque y tengas tú razón. Mejor para ella.

Jan Berg dijo...

Mi casa de juguete, todos hemos dicho tonterías, sí, pero no con el tono de voz que ella las decía.

Y sí, crecerá, y espero que no solo de cuerpo, sino sobre todo de cabeza. Si no, mal le va a ir...