viernes, 27 de abril de 2012

De mi (querida) madre

Como cada año por estas fechas, mi madre se prepara para abandonar Barcelona hasta el invierno, deseosa ya de instalarse en la casa solariega de la familia, ubicada en una pequeña pedanía leonesa, una frondosa vega arbolada regada por el Esla, el río que los romanos llamaron Astura, y que da nombre a una amplia porción de tierras y a quienes las habitan.

Desde que mi madre asentó sus cuarteles de invierno en la Ciudad Condal, a finales de noviembre, han sido numerosas las ocasiones en que he intentado que nuestra relación, bastante deteriorada desde el inicio de mi convivencia con Elma, se normalizara los más posible, aprovechando para tratar de restablecer una buena sintonía todas las ocasiones que se iban sucediendo, ya fueran las fiestas navideñas, el cumpleaños de mi tía Társila, el de Elma, la Semana Santa, o, finalmente, el cumpleaños de mi madre. Resultado: Nada. Todos los intentos se han contado por derrotas. Ha estado, a veces, tan cerca... Ha parecido, a veces, tan evidente que lo lograríamos, que acabaría bien, que todo nos parecería una broma macabra... Pero no ha sido así, al final. Mi madre se irá tan encastillada en su postura, en su rechazo, como cuando llegó.

Ayer por la tarde fui a ver a mi madre, aunque en realidad la visita era más bien a mi tía Társila, quien menos culpa tiene de esta absurda situación, ya que ella, aunque tampoco le guste mi relación con Elma, siempre nos ha admitido a los dos en su casa y nos ha tratado con esa normalidad que mi madre, tercamente, nos niega. Ayer por la tarde, en esa visita, quemé el último cartucho que me quedaba. Habíamos pensado ir a comer juntos este fin de semana, Elma y yo con mi madre y mi tía Társila, para celebrar el reciente cumpleaños de mi madre, y su despedida de Barcelona hasta el invierno. Mi madre regresó de El Ferrol, donde pasó la semana santa junto a su gurú particular, mucho más receptiva, aparentemente cambiada, y pensé que tendría una oportunidad de desfacer el entuerto, aunque fuera al final de estos meses de lucha y decepción. Por una vez, parecía dispuesta.

Por eso, seguramente, el palo ha sido mucho mayor, por haberlo tenido tan aparentemente cerca, rozarlo con los dedos... Porque al final no será, desgraciadamente, no habrá acercamiento. Lo hablamos en casa de mi tía, vi que no había nada que hacer, y me encabroné, mordiéndome la lengua para no decir nada de lo que me arrepintiera después, y adelantando mi marcha. Entonces, cuando ya me despedía, mi madre, excusándose en ir a buscar un libro que tenía encargado en la librería de las Paulinas en Ronda Sant Pere, me acompañó un trecho del camino. Era evidente que quería hablar conmigo sin que nos oyera su hermana, así que acepté. En el breve periplo hasta llegar a Plaza Urquinaona, trató de justificar, una vez más, las razones de su negativa. Me fui enfadando poco a poco, escuchándola en silencio mientras caminábamos. Ya a la puerta de la librería, cansado de chorradas, le dije lo que llevaba mucho tiempo pensando, las cosas que había evitado decir los pasados meses. Seguro que ella esperaba mi reacción. No contestó ni contraargumentó, limitándose a asentir, y decirme, cuando me callé, ya desahogado, que lo sentía, pero aún no estaba preparada para eso. “Si no lo estás ahora, no creo que lo estés nunca”, respondí. Ella, simplemente, se encogió de hombros.

Elma dice lo que ya me dijo después de nuestra primera batalla perdida, justo antes de Navidad. Más tranquilos estaremos, nosotros solos, organizándonos a nuestro gusto el fin de semana, que no comiendo con ellas, palpándose como sin duda se palparía la tensión en el ambiente. Sí, es cierto. Pero no dejo de pensar en lo fácil que podría ser todo, en lo absolutamente normal que sería, solo con que mi madre cediera un ápice en su inflexible postura...

La imagen que ilustra el artículo, un chiste gráfico sobre suegras, muy al caso de lo que he escrito.

9 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

La relación con la familia siempre es algo difícil en el mejor de los casos. Al fin y al cabo, el hecho de compartir genes no quiere decir que estemos destinados a entendernos. Como te dice Elma, mira la tranquilidad que vas a ganar , y disfruta de ella.

pseudosocióloga dijo...

¡Que carácter!.Supongo que todo no se puede tener...

EriKa dijo...

Uf! que difícil contentar a los demás aunque sea nuestra madre, nadie puede obligar a querer como tampoco a no querer, es duro, pero como alguién muy sabio dijo un día "cada uno en su casa y Dios en la casa de todos".
Que sea leve.

Besitos.

Jan Berg dijo...

El hecho de compartir genes no quiere decir que estemos destinados a entendernos...

Dra. Anchoa, me gusta mucho esa frase. Y es, desde luego, muy real.

Jan Berg dijo...

Pseudosocióloga, con mi madre no se puede tener NADA.

Jan Berg dijo...

Erika, eso intentamos, justamente.

Tomarlo con filosofía, y mantener la distancia de seguridad. Pero no es fácil, aún así.

Sincopada dijo...

Yo siempre digo que "madre no hay más que una....por suerte" (la mía tiene mucha telita marinera).
Los amigos los escoges, la familia te toca....¡¡¡aaaaaahh, la famiiiiiiglia!!!.
Mira que son...pero se las quiere, ves quin remei!.

Kisses.

Willy fog dijo...

uff. Creo que haces bien en seguir intentándolo. Creo, modestamente, que la charla in itinere es muestra que ella agradece tus esfuerzos, aunque no sea capaz de aceptar la situación. Una relación, en este caso materno-filial, aunque no sea la deseable, siempre es una relación.

Ya no vendo mi alma al diablo dijo...

Agg....qué he hecho yo para no tener una tía llamada Társila?

La familia, es eso y más. Una estructura que tiene lo mismo de básica que de arcaica. Si te falta notas el mismo vacío que otras veces sobrecarga.

Sds