martes, 24 de abril de 2012

Día de Sant Jordi


Ayer fue un día de Sant Jordi bastante atípico. Habiendo trabajado el domingo por la noche, y siendo la tercera guardia consecutiva, por muy arraigada que esté en mí la tradición del libro y la rosa, que lo está (siempre he pensado que esta fiesta es mucho más popular y participativa que, por ejemplo, la diada del 11 de Septiembre), como que no me iba a quedar sin dormir por curiosear paseando entre puestos de libros y rosas desplegados por las calles de Barcelona, según la costumbre. Esperé, eso sí, a que abrieran una floristería próxima a mi casa, para comprarle a Elma la rosa más bonita que encontré, y se la dejé, con una nota, en la mesa del comedor, para que la viera a mediodía, que como suele suceder ella ya había salido de casa hacia su trabajo cuando yo llegué desde el mío.

Después, al levantarme, comimos juntos, la acompañé hasta su trabajo, y me puse a ver libros para mi madre. Mi madre, atípica como es en casi todo, prefiere libro a rosa. La flor que se marchita en un par de días lo considera un gasto inútil, mientras que el libro que le compro cada año, cuanto más voluminoso mejor, le dura y le entretiene casi todo el verano, ya que ella lee muy lentamente, unas pocas páginas al día, enseguida se cansa y lo deja. Hace dos años le regalé “El tiempo entre costuras” y el año pasado “Dime quién soy”. Ambos le gustaron mucho. A ver este año “Las tres heridas” de Paloma Sánchez-Garnica…

Para mí pedí a Elma el último de Cristina Fallarás, “Últimos días en Puesto del Este”, y no solo fui a comprarlo, sino que, sabiendo que la autora, sin duda mi escritora favorita, firmaba ejemplares en Sigueleyendo, proyecto a medias entre librería, editorial y marco virtual (Tienen página web de difusión literaria, sigueleyendo.es) para allá que me fui, recorriendo esas calles del Raval que tanto me han gustado siempre, Joaquín Costa, Ferlandina, y ya doblando a la izquierda, la poética calle de la Luna.

Cristina Fallarás, que escribe como los ángeles y piensa como los demonios, que tiene una prosa furiosa, enérgica, comprometida y brillante, me trató, como siempre, con una simpatía y cariño que debo agradecer. Tengo ya todos sus libros autografiados, y debo decir con sinceridad que pocos escritores son tan amables y considerados con su público lector como ella. Gracias, Cristina, te lo digo desde aquí, gracias por tus palabras escritas, y por ser como eres, y por no cambiar pese a las veces que has llevado palos por no ceder en lo que consideras injusto.

Y así acabó el día, tras llevarle, claro, el libro a mi madre, que me obsequió según corresponde con una de sus conocidas meriendas, tan copiosa que ya no quise (ni pude) cenar, habiendo conseguido la firma de la autora que yo quería, y pasando la noche, noche libre al fin, al lado de Elma… Atípico, he dicho al empezar mi artículo, y atípico fue, sí, pero, también, perfecto…

Respecto a las dos fotos que ilustran el artículo: La de más arriba, extraída del archivo de La Vanguardia, las Ramblas ayer a mediodía, a rebosar de gente. La de encima de este párrafo, proveniente del archivo de la agencia EFE, la escritora y periodista Cristina Fallarás, en foto de promoción correspondiente a su anterior y brillante (aunque oscurísima) novela, “Las niñas perdidas”.

4 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Yo también preferiría el libro a la rosa, pero no porque no me gusten las rosas, que me encantan, sino porque los libros son mi perdición... ¿¿¿libro Y rosa, mejor??? XD.

pseudosocióloga dijo...

Yo siempre me pido las dos cosas.
Me apunto la novela oscurísima.

Jan Berg dijo...

Doctora Anchoa, libro y rosa, mucho mejor!!!!

Jan Berg dijo...

Pseudosocióloga, tú sí que sabes.

Apunta, apunta, aunque no sé bien si es tu estilo...