lunes, 12 de diciembre de 2011

El regalo de Genaro

Genaro ha llevado una vida triste y solitaria. Sufre esquizofrenia y un leve retraso mental, y sus disminuciones psíquicas, como no podía ser de otra manera, le han condicionado totalmente, por más esfuerzos que él haya hecho por superar esas barreras, que aunque lo parezca no son insalvables. Si hubiera crecido en un ambiente familiar adecuado, acogedor y motivador, donde además de quererle se esforzaran en educarle, quién sabe lo que sería de él hoy en día.

Lamentablemente, eso no fue así. Sus padres le abandonaron con pocos años, pasó su infancia y adolescencia en centros de acogida, en manos de personal con pocos medios y menos ganas de volcarse en un niño que con sus problemas necesitaba cuidados especiales y muchas horas de dedicación que no le dieron. Demasiado “listo” para centros de educación especial, y demasiado “tonto” para aprender lo mismo y al mismo nivel que sus compañeros. Lo único que le inculcaron a machamartillo en esos centros es a tomar diariamente, llevando un control estricto y a rajatabla, la medicación para la esquizofrenia, para evitar los brotes.

A los dieciocho años le echaron literalmente a la calle, sin más estudios que los básicos y con escasas habilidades sociales. ¿Qué esperaban, que estudiara una ingeniería? Algún programa de integración laboral de cierta ONG le llevó a trabajar de aprendiz en varios sitios, pero no funcionó en ninguno, era muy lento para aprender, y le costaba someterse a las normas y procedimientos propios de una fábrica, por sencillos que fueran. No entendía la disciplina. Acabó viviendo en la calle y comiendo de lo que cogía de contenedores de basura. Tocó fondo.

A principios de año, mientras recogía comida tirada a la basura por los empleados de un centro comercial de la zona alta, vio como un niño de unos seis o siete años salía corriendo del recinto de un prestigioso colegio privado, perseguido por un alborotado grupo de compañeros de su misma edad, y sin mirar saltaba alegremente a la calzada, por donde circulaba un taxi, por fortuna a poca velocidad. Genaro no se lo pensó dos veces, corrió como un gamo en pos del niño, lo apartó de un fuerte empujón, y fue atropellado en su lugar por el taxi, que aunque lo intentó no pudo frenar a tiempo. El padre del niño, uno de los empresarios inmobiliarios y administradores de fincas más importantes de la ciudad, quedó conmovido por el gesto, o por la vida desgraciada de Genaro, o qué se yo, tal vez necesitaba hacer una buena acción para compensar sus maldades. El caso es que, en vez de dar las gracias con la boca pequeña y olvidarse del asunto, como hubiera hecho la mayoría, contrató a Genaro en su empresa como ordenanza y mensajero.

 Desde entonces, Genaro recorre Barcelona, andando o en transporte público, siempre con su vieja cartera de cuero marrón llena de documentos terciada al hombro. No ha faltado un solo día. No se ha quejado nunca de nada, aunque le envíen a los sitios más lejanos y le encarguen los trabajos más penosos, y jamás ha dejado de hacer una entrega o recogida. Sus inicios, sin embargo, no fueron fáciles, es algo tartamudo y muy tímido, y en muchos lugares donde acudía a dejar o recoger documentación se reían abiertamente de él, o le gastaban bromas crueles. Tuvo que aprender a lidiar con eso. En la empresa de Gran Pau, sin embargo, donde acude regularmente, con Elma y Lena, nunca tuvo problemas. Ambas le acogieron como a ese hijo que por ser algo más limitado que los otros acaba siendo el más querido, y le han tratado siempre con cariño.

Esta mañana, a primera hora, acompañé a Elma a trabajar. Al llegar a la tienda, allí estaba Genaro, plantado frente a la persiana bajada, aguantando estoicamente el frío de la mañana. Llevaba una bolsa de plástico en la mano, y al ver a Elma, y luego a Lena, que llegaba detrás nuestro, se le iluminaron los ojos. “Tomad, es para vosotras” dijo con alegría. Ellas no quisieron cogerlo, pero él las insistió. “Sí, sí, coged, que lo he comprado para vosotras”. Eran dos barras de turrón de chocolate. De marca blanca de cierta franquicia de supermercados. Baratas. Pero el mejor regalo del mundo. Porque Genaro, al revés que otros, que regalan lo que les sobra, da todo lo que puede dar. Elma y Lena le besaron, una en cada mejilla, y le invitaron a pasar a la tienda a entrar en calor, pero él se negó, señalando su inseparable cartera. Tenía que hacer una entrega y ya llegaba tarde. La primera vez, seguramente, que hacía tarde una entrega en todo el año.

La imagen que ilustra el artículo se titula Christmas Kiss y es de la galería de Favim.

6 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Ay, qué bien me ha caído Genaro. Una antigua compañera de colegio estaba en la misma situación, pero ella tuvo la suerte de que la adoptara una familia cariñosa que se desvivía por ella, es triste pensar en lo que habría sido de ella si no hubiera tenido esa suerte.

pseudosocióloga dijo...

Joerrrr, es el mejor cuento de navidad que he leido hasta la fecha(sobre todo porque es real).Y ni me molesto en contener las lágrimas.

pseudosocióloga dijo...

Joerrrr, es el mejor cuento de navidad que he leido hasta la fecha(sobre todo porque es real).Y ni me molesto en contener las lágrimas.

Madame Milagros dijo...

No sé porque pasan ciertas cosas... pero al final muy al final siempre hay algo que aminora las penas..
besos y abrazos Jan, nos estamos leyendo.

Misaoshi dijo...

"enamorando"*** (este teclado traicionero)

Mariah dijo...

Me alegro que a Genaro la vida le haya recompensado después de todolo que ha pasado. Lo merece.No entiendo que haya personas que hagan mofa de gente como él.Yo tengo un compañero con cierto retraso y no todo el mundo le muestra respeto ni afecto.Hay quien se divierte a su costa. Inconcebible