viernes, 23 de diciembre de 2011

De celebraciones y falsedades

Ya se celebró el magno acontecimiento, ese Cocktail Navideño por cuya obra y gracia se han añadido esta noche dos horas más a mi turno. Dos horas que no son de trabajo, no, son aún peores, dos horas ardiendo en una absurda hoguera de las vanidades.

El evento en cuestión ha tenido todos los elementos propios de este tipo de actos: Vestidazos, taconazos, piernas crecientes, faldas menguantes, mujeres disfrazadas de bailarinas de strip tease, todos los hombres vestidos de oscuro, escasos canapés, cava, discursos previsibles y aborrecibles, falsos buenos deseos, mucho ruido, pocas nueces, y por sobre y ante todo un ambiente cargado de hipocresía a saturación. Todos sonreíamos (Al mal tiempo, buena cara), por más que nos indignara lo que oíamos, e incluso por más que algún gilipollas regalara una cuña de queso en el Amigo Invisible (Os juro que es cierto, ahí estaba, en medio del sarao, tratando sin conseguirlo de mantener la compostura, una compañera del turno de Tarde, con su cuña bajo el brazo). Los miembros del staff, la cadena de mando, revoloteaban cual zánganos alrededor del Presidente. Hubiera valido la pena ir solo por ver a cierta doctora sobre los doce centímetros de sus tacones imposibles, envuelta en un chinesco vestido falsamente vintage, en plan Patchwork, que la hacía parecer el fantasma de los siete colores. Valía la pena, digo, verla prodigarse y multiplicare, así vestida, destacando cual faro en la noche,  ejecutando un baile nupcial de pavo real, con todas sus plumas desplegadas, alrededor de los Directivos, y en especial del Presidente.

Nuestro amado Presidente solo por Navidad se aparece entre nosotros, los mortales, ilustrándonos con un brillante aserto, en el que ha venido a decir que ni se nos ocurra quejarnos, que tenemos suerte de trabajar aquí, protegidos de la crisis, en vez de sobrevivir entre la desolación que se extiende alrededor del oasis de incesantes beneficicios y crecimiento ilimitado de su empresa. Desde ese punto de vista, pronto deberemos pagar por trabajar...

Este año, muchas palabras, pero ni lote ni regalo corporativo. Nada de nada. Tiempos de crisis, se excusan los mismos Directivos que minutos antes se jactaban públicamente de haber hecho crecer los beneficios un 38% a lo largo del 2011

El Amigo Invisible me compensa este año sobradamente de la falta de regalo navideño oficial. Me intriga, incluso, saber quién ha sido mi anónimo benefactor, que tan bien me conoce, pues ha clavado mis gustos, brindándome un regalo, por cierto, que a todas luces excede el límite fijado de cinco euros... Sea quien sea, se ha molestado en averiguar lo que me gusta y se ha gastado un pico más en regalármelo.

Y aquí estamos, pasando la noche, una noche más de guardia, habiendo sobrevivido al Cocktail...

5 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Ahora me pica la curiosidad. ¿Qué te ha regalado el amigo invisible?. En unas pocas horas aquí hacemos un cocktail, a sumar a la cena del viernes a la que por fortuna no fui, llevo toda la mañana preguntándome si me puedo escaquear sin que se note...

Misaoshi dijo...

A mí también, Dra., me ha picado... pensé que lo resolverías en la última frase.

En todos los trabajos hay hipocresía y risillas. En el nuestro hoy el Jefe Supremo nos ha dicho que les encanta nuestro trabajo y que está muy orgulloso de nosotros y se alegra mucho de habernos tenido como sus compañeros porque somos muy buena gente, etc, etc. Es la primera vez que le veo :/

la reina del mambo dijo...

Otra curiosa por el regalito:)).
Felices Fiestas, respira, cuenta hasta cinco mil y habrán pasado.
Los enlaces antiguos a mi blog creo que no funcionan...
Feliz Año Nuevo!!!
Un beso

pseudosocióloga dijo...

¿QUE DIANTRES ERA EL REGALO?
Nosotros ni cena ni cesta...pero no me quejo.

Jan Berg dijo...

El regalo, queridas y curiosas amigas, consistía en una bufanda y una gorra.

Nada especial, solo que, como digo en el artículo, además que eso vale más de cinco euros, que es el valor medio de los regalos que se hicieron, implica molestarse en ver qué cosas me gustan o al menos uso asiduamente, y buscarlas. Un esfuerzo superior al normal, desde luego.