miércoles, 8 de febrero de 2012

La fuga de Colditz

El 14 de octubre de 1.942, el Mayor de la RAF Patrick Reid se fugó del castillo de Colditz, fortaleza de origen medieval utilizada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial como prisión militar para oficiales de los ejércitos aliados bajo la denominación Oflag IV C (Offizier Lager, campo de oficiales). Colditz se consideraba “sonderlager”, es decir, campo de alta seguridad, el único de su clase dentro de las fronteras alemanas, y el único en el que la guarnición que lo custodiaba era más numerosa que el contingente de prisioneros. Una prisión a prueba de expertos en fugas, que todos habían intentado fugarse de otros campos. Diez años después, en 1.952, Pat Reid escribió un libro narrando su experiencia, The Colditz Story, libro en el que se basaron una película de 1.954 y una serie de televisión de 1.972 que en España vimos más tarde, a finales de los ochenta. Unos años después, con la participación del ya anciano Reid, se creó un juego de mesa basado en la historia, La Fuga de Colditz. A principios de los noventa, mis amigos y yo dedicamos muchas tardes a ese juego...

Veintitantos años después, Jeff nos propuso volver a jugar a La Fuga de Colditz. Había regalado a sus hijos, por Reyes, la nueva versión del juego, recientemente re-editado, y volver a jugar era una buena ocasión para dejarnos mecer en el dulce regazo de la nostalgia, recordando las lejanas tardes de juventud pasadas entre cartas, dados, estrategias y bromas. No necesitó mucho esfuerzo para convencernos, así que el pasado domingo nos plantamos en su casa Joey, Sean y yo, dispuestos a fugarnos, pues Jeff se había reservado el rol de “alemán”. Y lo pasamos muy bien, a qué negarlo. Yo, sin embargo, estuve algo pasivo. Me gustó pasar la tarde con mis amigos, y me gustó, también, rememorar los cada vez más lejanos buenos viejos tiempos, pero no tenía, la verdad, muchas ganas de jugar, y me limité, en mi papel de “polaco”, a estorbar todo lo posible al jugador “alemán” para favorecer la fuga de mis compis “ingleses”, “holandeses” y “americanos”. No fui tan participativo como hubiera podido ser, y es que el mismo domingo, por la mañana, antes de acudir a la cita, un correo electrónico me había sacudido por dentro.

Rita, mi amiga Rita, antigua compañera de facultad, con la que estuve a punto de tener algo serio, o eso pareció durante mucho tiempo, sin que al final la historia se concretara más allá de un par de noches de verano que sin embargo ninguno de los dos ha podido olvidar del todo, me escribió tras varios meses de silencio. Creo que la última vez que hablamos fue en verano, estando yo en León, y no acabamos de concretar un encuentro. Estaba enferma ya entonces, enferma de cáncer de colon. Le habían hecho una resección parcial del intestino, había pasado por la UCI, esperaba iniciar los ciclos de quimioterapia... En fin, lo habitual en estos tristes casos. Hubiera podido insistir en verla, poner empeño, y a buen seguro nos habríamos visto, pero no lo hice, porque poco a poco, a lo largo de los años, desde su boda, en la que por cierto fui testigo y firmé el acta, nos hemos ido alejando. La culpa es de su marido, o mejor dicho, de lo mal que me cae ese sujeto con el que se casó.

Ya de novios, él no buscaba trabajo, no al menos con el empeño con que lo buscaría alguien que tiene planes de futuro, dedicándose a despotricar de lo mal que estaba el mercado laboral cuando no ponía el menor empeño en abrirse camino. Creó empresas que no solo no dieron beneficios, sino que le costaron (a ELLA) miles de euros para poder finiquitarlas, y se instaló a cuerpo de Rey en casa de Rita, pagando ella todos los gastos cotidianos, la hipoteca, las actividades de ocio... TODO. La situación no cambió en absoluto cuando se casaron, ni siquiera cuando Rita quedó embarazada. Ella lo seguía pagando todo. La situación llegó al culmen en una cena en la que nos reunimos los cuatro, Elma, Rita, el tipo y yo. Le comenté que cierta plataforma de telemarketing estaba buscando teleoperadores, que conocía al encargado de selección, y era casi seguro que si se presentaba le contrataran. Pues va el tipo y me dice que no, que gracias, pero que ay, trabajar de teleoperador, qué palo... No me lo podía creer. Parado durante años, esperando un hijo, le hablo de una posible oportunidad, y al muy gilipollas no le gusta el trabajo, joder...

Desde esa noche y esa cena, me he alejado conscientemente de ellos, sabiendo que no podía decir ante ella lo que pensaba, pero incapaz de disimular esos pensamientos. Si ella ese feliz con él, pues adelante, quién soy yo para discutírselo, pero a mí que no me manden tratar con ese esgarramantas.

Ahora Rita me cuenta una historia desgarradora, que no por previsible deja de ser terrible. Él lleva años sin tener ingresos, y, como todo lo aguanta el sueldo de ella, no puede estar demasiado tiempo de baja, pues los meses en que está más días de baja que en activo los gastos superan a los ingresos... Así pues, con su cáncer de colon a cuestas, Rita, que desde el verano hasta ahora ha tenido dos nuevas intervenciones con sus correspondientes ingresos hospitalarios, ha pedido el Alta en cuanto el post-operatorio lo ha permitido, y en vez de permanecer de baja y dedicarse a reposar y dejar actuar a la quimioterapia, ha vuelto a trabajar enseguida, haciendo de tripas corazón, para ganar el sueldo que permite al vago redomado seguir en casa tranquilo a mesa puesta. Indignante. Realmente indignante.

Ahora, ya escarmentada, supongo, y preocupada sobre todo por su pequeña hija de tres años, a quien se teme que dejará sola, al cuidado de un padre totalmente incapaz de hacerse cargo de ella, habla en su correo de rabia, de frustración, e incluso abiertamente de que se plantea la separación. A buenas horas, mangas verdes, que diría mi abuela, aunque mejor es tarde que nunca. Sin embargo, me imagino el doloroso camino que debe haber recorrido hasta llegar aquí, lo mal que lo debe haber pasado y lo debe estar pasando con todo esto, y me duele a mí también que no se haya dado cuenta, que haya dejado que ese tipejo la vampirice durante años...

El domingo estaba yo muy tocado, pensando en todo esto, en Rita, en su enfermedad, en la mala suerte que tienen algunas personas, y en la inmerecida buena suerte que tienen otras, como su aprovechado y nauseabundo marido, y por eso, precisamente por eso, estuve algo ausente y poco participativo durante nuestra partida de Colditz, algo ajeno al revival lúdico de nuestra juventud. Volví a casa, junto a Elma, también algo tocada con la desgracia de Rita, tras vivir tan de cerca la misma enfermedad en las carnes de su hermana Irma. Me despedí de mis amigos y, paseando hasta mi casa por las calles del Eixample, barridas por un viento gélido, no dejaba de dar vueltas en mi cabeza a la triste historia de Rita. Ojalá, pensaba, fuera tan fácil escapar de los problemas como fugarse de Colditz. Ojalá bastara una buena tirada de dados para mejorar nuestro destino...

6 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Qué pena que existan situaciones así. Todos conocemos casos parecidos, donde la rabia y la impotencia que sentimos al verlas a ellas y no poder decirles nada no son pequeñas.

pseudosocióloga dijo...

Pero no es mala suerte, ella ha escogido estar con ese tipo y quedarse embarazada de ese tipo.
Esperemos que ahora que ha visto la luz, supere la enfermedad y le mande a tomar viento fresco.Aunque para recuperarse no está en la situación idónea.

Willy fog dijo...

Creo que a veces es más difícil irse que escaparse.

Jan Berg dijo...

Doctora Anchoa, rabia e impotencia son dos sensaciones que conozco bien, máxime referidas a este caso...

Jan Berg dijo...

Pseudosocióloga, tienes razón, no es mala suerte, pero igualmente es triste.

Y lo siento pero tus buenos deseos no se van a cumplir, finalmente, en otro mail, tras divagaciones sin fin, concluye que le quiere y no le va a dejar. Supongo que debería alegrarme, pero como que no...

Jan Berg dijo...

Willy, amigo, lo que eres capaz de decir a veces con una sola frase.