martes, 24 de enero de 2012

Tenemos que dejar de vernos así

Eso me dices, sonriendo coqueta, al levantarte del asiento de la parte de atrás del autobús, para bajarte en tu parada, la anterior a la mía, en la esquina de Gran Vía con Balmes, esa parada de pomposo nombre reflejado en la marquesina, “Universitat Central de Barcelona”. Tenemos que dejar de vernos así, dices. Como si lo planeáramos. Como si lo quisiéramos. Como si alguno de los dos tuviera el más mínimo control sobre nuestros encuentros y desencuentros… No es el caso. No quedamos ni planeamos nada. Solo nos dejamos llevar por un destino voluble y caprichoso que se empeña en alejarnos para volver luego a juntarnos en el más insospechado momento. De hecho, desde que dejaste la empresa para unirte a la legión de funcionarios interinos que sueñan con una plaza fija, solo nos vemos esporádicamente en el autobús 54, los días sueltos en que vengo a visitar a mi madre, para comprobar cómo se sigue macerando en hiel. Curiosamente, venga a la hora que venga, al salir de casa de mi madre para regresar a la mía, siempre coincido contigo... ¿Me estás espiando, querida G.? ¿Permaneces asomada a tu ventana hasta que me ves llegar a la parada y bajas corriendo a esperar tú también el dichoso 54?

Acabo de darme cuenta de que he mentido. No es cierto que desde que dejaste la empresa nos vemos solo en el autobús. Hubo otro encuentro, aquella tarde… Un jueves por la tarde, concretamente. Lo sé porque yo salía de una de mis tediosas y lamentablemente inexcusables reuniones semanales de mandos intermedios, que son siempre e indefectiblemente los jueves. Yo salía de la reunión, cansado y cabreado a partes iguales, y tú habías ido a buscar el finiquito. ¿Te acuerdas…? Claro que sí, cómo no te vas a acordar de aquella tarde de invierno. Pero fue solo una tarde. Y no habrá otra como aquella. Y lo sabes, como yo lo sé.

Y ahora te levantas de tu asiento, a mi lado, donde siempre te sitúas cuando nos encontramos por casualidad en el autobús 54, donde me has contado tus novedades laborales, tampoco demasiado halagüeñas, seamos sinceros, que el irte de la empresa no ha sido para mejorar, por más que trates de disimular tu frustración y tu rabia, y me dices que tenemos que dejar de vernos así, como si nos viéramos de alguna manera particular, después de aquella tarde, y te sitúas en la puerta de atrás del vehículo, y me lanzas una última sonrisa pícara antes de bajar. Desciendes del autobús plenamente consciente de que te estoy mirando, así que a propósito marcas el movimiento de tus caderas, como si estuvieras en el sambódromo, dando plasticidad al vuelo de tu falda corta, justo tres centímetros por encima de las rodillas, adonde inevitablemente se dirige mi mirada. Hacia tus rodillas, que sabes que son bonitas, y luego, bajando, hacia tus perfectas pantorrillas, ni muy finas ni muy gruesas, torneadas, pero no musculosas, envueltas en tupidas medias negras de invierno. Dos pupilas negras como tizones miran en mi dirección, brillando bajo la onda pelirroja de tu flequillo lacio. Tenemos que dejar de vernos así…

Ni lo sueñes, querida G.

La imagen que ilustra el artículo, reproducción de un cuadro de uno de mis artistas favoritos, el escocés Jack Vettriano, titulado Playing the Party Game.

6 comentarios:

Fiebre dijo...

Me repatea esta gente que en lugar de ir de cara, a pecho descubierto y manos abiertas, se busca las vueltas para jugar a sus batallitas egocéntricas con el fin de encontrar en el contrario un momento de debilidad o flaqueza.

Es que no puedo...

Jan querido, llevas dos post que estás despertando a la monstrua que hay en mí.

Besos para compensar.

pseudosocióloga dijo...

Di que sí, ahí...aguantando el tirón.

la MaLquEridA dijo...

Mientras sea nada más un juego je.

Jan Berg dijo...

Fiebre, la monstrua que hay en tí me da a veces verdadero miedo...

Pero sí, comprendo lo que dices.

Solo que casi nadie va así a pecho descubierto. Será que hace mucho frío para eso...

Jan Berg dijo...

Pseudosocióloga, no soy ningún santo de madera, ni lo pretendo.

Es fácil aguantar el tirón cuando tiene uno claro lo que quiere.

Jan Berg dijo...

Malque, es más que un juego, sí, pero yo no me lo tomo en serio.