miércoles, 6 de abril de 2011

Hoy hace once años

Esta noche se cumplen exactamente once años. A las 23.00 horas del 05 de Abril de 2.000 inicié el primer turno de noche de mi vida, el primero de muchísimos, no imaginaba entonces cuántos serían. No eran buenos tiempos para mí. Había regresado poco antes, a mediados de marzo, con la idea de preparar la llegada de Micaela. Eso al menos habíamos hablado antes de venirme. Luchaba aún por esa relación, sin embargo ya moribunda, en dos sillas y mal sentado, como diría mi abuelo, a medio camino entre Canarias y Barcelona, entre una Micaela que aunque llevara a mi hijo en su vientre estaba cada día más alejada de mí, y una Elma a la que añoraba aún antes de reencontrarme con ella en mayo. Llegué a la ciudad donde nací solo y abatido, y me dediqué a buscar trabajo desesperadamente, con la vana esperanza de que cuando lo encontrara vendría Micaela. Por aquel entonces debía ser ya evidente que eso no ocurriría jamás, que yo no volvería a Canarias y ella no vendría nunca a Barcelona. Sin embargo, hablábamos por teléfono a diario, fingiendo que nos hacía ilusión oírnos, y, aún estando cada día más distanciados, elucubrábamos incesantemente sobre nuestro futuro, elaborando planes que resultaba evidente que no podríamos llevar a cabo. Cuanto tiempo y energías malgastadas…

Me dediqué a enviar currículos a diestro y siniestro, sin importarme para qué puesto ni qué categoría era la solicitud. Colgué la toga a finales del año anterior, absolutamente decidido a dejar la abogacía, y una vez aceptada e interiorizada esa decisión, traumática para mi, no me importaba dónde trabajar, con tal que me pagaran por ello. Pasé por un par de entrevistas estafa, de esas ofertas engañosas de comercial sin sueldo fijo, y a la tercera me llamaron de una empresa de telemarketing ya desaparecida (no me extraña) para unirme al servicio de atención al cliente de una empresa de telecomunicaciones. La verdad, desesperaba de poder encontrar nada mejor, se agotaban mis exiguos recursos, y visto lo que había visto antes de eso, la oferta era casi buena. La seleccionadora, que no era mala persona, me vio tan necesitado que me ofreció una plaza en el turno de noche, algo mejor pagada, y aunque nunca había trabajado de noche, ni imaginado tan siquiera que llegaría a hacerlo, acepté, creyendo que sería por poco tiempo. Solo hasta ahorrar algo. Solo hasta que Micaela viniera conmigo.

Nos necesitaban con urgencia en la Plataforma, tenían prisa por que nos incorporáramos, y el curso de formación fue un paripé. Una ensalada de información mal aliñada que nos dejó confusos, con más dudas que antes de iniciarlo. Claro que les daba igual. El último día había un examen de evaluación de los conocimientos adquiridos. Sentado en primera fila del aula, oí con claridad como el Supervisor de Formación y Calidad le decía al formador que nos había dado el curso, que se quejaba de no haber tenido tiempo de tratar todos los puntos del programa “Tranquilo, que si saben escribir su nombre correctamente, ya nos valen…” No me quedó ninguna duda sobre la clase de empresa para la que iba a trabajar.

Ese mismo día supimos que todos habíamos aprobado el examen (Grandioso logro del Dpto. de Formación) y firmamos los contratos. Dos días después, me incorporé a mi primer turno de noche, junto a dos novatos más, un psicólogo de Sabadell llamado Castells, y Johnny B.

Me fijé en él sin saber que era como yo uno de los nuevos. Alto y desgarbado, delgaducho y raquítico, de pelo negrísimo y piel bruna, siempre con la mirada brillante bajo las gruesas gafas de pasta, y con la sonrisa cínica permanentemente curvando sus gruesos labios, la verdad es que llamaba la atención… Claro que no tanto como oír una vocecita de canario flauta decir “a ver, por favor, los nuevos, que vengan” y, bajando la vista (la voz sonaba casi a ras de suelo), hallarme para mi sorpresa ante una mujer de apenas metro veinte decirnos a los tres boquiabiertos hombres que la contemplábamos “Mi nombre es P. y voy a ser vuestra Coordinadora…” Recuerdo perfectamente que poco después, subiendo las escaleras, Johnny B., que en aquel momento no me conocía de nada, me dijo animadamente “Ahí arriba habrá setas gigantes… ¡Espero que sean lisérgicas!”

A lo largo de los años he ido encadenando trabajos nocturnos, y en todos he encontrado gente algo “especial”. Nadie que se defina como normal lo acepta si no es por pura necesidad, y nunca dura demasiado tiempo. Asumo que los habituales de la noche tenemos todos algún que otro cable suelto, pero no he vuelto a ver nada parecido al personal de aquel primer trabajo. Había de todo, y a cual más extraño. Desde quienes prestaban “servicio técnico de redes” sin tener ordenador personal ni puta idea de lo que es una red, hasta un escandaloso grupito que venía de trabajar en líneas eróticas gays y no había quién pudiera con ellos, pasando por todos los grados imaginables de extraviados, alucinados y necesitados. La primera impresión era para echar a correr y no parar hasta Soria, pero era una impresión engañosa: Pronto el heterogéneo grupo se volvió una piña, y aún con todas las disputas y cabreos imaginables trabajábamos bien juntos. De hecho, nunca como en aquellos meses, antes de reencontrarme con Elma, liarme con ella, y empezar a dedicarle todo mi tiempo, había salido con compañeros de trabajo de la forma salvaje que lo hacíamos allí, ni he vuelto a hacerlo después, ni creo que lo vuelva a hacer. Al acabar el turno íbamos a tomar lo que denominábamos desayuno, que no era sino una matadora mezcla de bebidas alcohólicas. A partir de ahí, el día nos ofrecía infinitas posibilidades. Más de una vez la tarde nos sorprendió sin comer, aún de cháchara, o en una bolera jugando alocadamente, borrachos perdidos todos, y de pronto se me ocurría que por la noche trabajaba, y tal vez sería bueno dormir algo… "Da igual, Jan" respondía uno u otro cuando expresaba en voz alta mi pensamiento. "Ya dormirás cuando estés muerto…"

Johnny B. se convirtió en uno de los líderes carismáticos del grupo. Dotado del don de la palabra, de facilidad innata para el comentario ácido y la broma fácil, no había situación en que no se escuchara su voz y se siguieran sus consejos. Johnny B. era nuestro gurú en aquellos tiempos de locura y desenfreno, el apóstol del aquí y ahora, y que si mañana no llega no hayas dejado nada sin hacer… Él practicaba consigo mismo todo lo que predicaba, algo que le honra especialmente en esta época de falsos profetas y dobles raseros, y, fruto de su coherencia, fue el que más pronto y más caro pagó todo aquel vicio y mala vida. Johnny B. fue el primer enfermo de la noche que conocí. Para aguantar el ritmo de trabajar de noche y pasar el día en pie, de estar varios días empalmando sin dormir, había empezado a tomar anfetas y farlopa. Así es muy fácil desfasarse, y Johnny se desfasó del todo, sobre todo con el MDMA. Tuvo que empezar a tomar somníferos para poder dormir en sus días libres, porque los excitantes no le dejaban aunque quisiera, aunque estuviera agotado, y al cabo de unos meses de estar así, manteniendo ese ritmo infernal, Johnny alcanzó un estado difícil de definir entre el sueño y la vigilia: Cuando estaba despierto su mente agotada era incapaz de coordinar pensamiento alguno, exhausto, permanentemente somnoliento, pero si se acostaba no dormía, no podía tampoco conciliar el sueño por más que lo intentara de todas las maneras naturales o artificiales imaginables. Se convirtió literalmente en un zombi que deambulaba con paso inseguro, ojeras hasta el suelo y mirada tristona por entre las salas de la plataforma. Poco después le dieron una larga baja psiquiátrica, y para cuando regresó, ya no era el mismo Johnny que habíamos conocido. Solo que ya todo daba igual, ya no quedaba tiempo. Una noche de invierno se presentaron de improviso nuestros jefes para comunicarnos que la empresa había perdido la campaña, y darnos la carta de despido a ciento veinte de los ciento cincuenta trabajadores del turno. Recuerdo con escalofríos esa fila de gente por las calles desiertas de Poble Nou, sobre las tres de la madrugada, caminando en dirección al Port Olímpic a ver si algún local abierto nos mantenía despiertos para poder hablar con los delegados sindicales. La historia de esa noche, también surrealista, como el despido que finalmente no lo fue, merece artículo aparte. Éste, de momento, lo finalizaré aquí, tras mi semana de silencio bloguero (lo siento...), aprovechando mi noctámbulo aniversario, que por cierto, como casi siempre, me pilla trabajando, para homenajear a Johnny B. en particular, y a todos los viciosos de la madrugada en general…

5 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

Ay, esas épocas de desfase total que recordamos con cierto cariño aunque ahora no nos cambiáramos por entonces ni de coña.

pseudosocióloga dijo...

"Welcome back", se te echaba de menos.

EriKa dijo...

Movidita tu vida.
Lo explicas muy bien, me has tenido enganchada leyendo hasta el final.

Besitos.

la reina del mambo dijo...

Enganchada me he quedado con tu relato, por cierto te extrañaba.
Un beso

Madame Milagros dijo...

trabajar de noche tiene su encanto... aunque cuando se acumula el trabajo... no se siente en absoluto...
experiencias de vida que marcan, y que gracias a ellas eres lo que eres Jan...
Besos y abrazos! nos estamos leyendo... que esta semana sea leve!