jueves, 28 de abril de 2011

El blues del autobús

Martes por la noche. Elma apura el tiempo en su casa, antes de irnos a dormir a la mía. Pronto ya no tendremos que hacer estos viajes de aquí para allá con todo a cuestas, y hasta lo echaremos de menos, pero no adelantemos acontecimientos...

Elma, decía, se deja caer a mi lado en el sofá, los pantalones tejanos desabrochados y los botines en la mano, acabando de vestirse a toda prisa. Tras preparar las bolsas que nos vamos a llevar, y que tengo ordenadas a mis pies, zapeo por los canales televisivos, viéndolo todo y no viendo nada en concreto.

-¿Qué hora es, menos diez? – pregunta Elma, la pierna en alto, colocándose el botín.

Un vistazo rápido a mi Swatch de agujas electroluminiscentes, swiss made, infalible, me confirma mi sospecha de que Elma ha sido demasiado optimista en sus cálculos.

-¿Menos diez? No, cariño, y diez, más bien...

Elma se vuelve estática cual figurita de porcelana de Lladró. La pierna aún en alto. El botín aún a medio colocar. Y su mirada asombrada clavándose en mí.

-¿Y diez? ¿Las doce y diez? Pero... ¡No llegamos al último metro! ¿Por qué no me has avisado antes...?

-Porque estabas aprovechando el tiempo, y sé cuanto te fastidia dejar las cosas a medias. Y porque ya lo tengo todo calculado. Cogeremos el autobús.

Que esté calculado no nos libra de tener que echar una buena carrerita: Al doblar la esquina vemos al autobús nocturno detenido en el semáforo justo antes de la parada, y solo ponernos al trote cochinero nos permite llegar justo a tiempo de pararlo.

El N-13 es un autobús nocturno al parecer pensado exclusivamente para nosotros: Sale de Sant Boi de Llobregat, pasa cerca de casa de Elma y sigue rumbo a Plaza Catalunya, teniendo parada justo frente a mi casa. Nos viene genial, pero no lo utilizamos mucho, porque el metro es más rápido, y porque tiene tan escasa frecuencia de paso, que si por mala suerte acaba de pasar un autobús, te sale barba esperando al siguiente...

Dentro del autobús, apenas cinco pasajeros, todos con aspecto cansado, de salir de trabajar. Martes, madrugada del miércoles. No hay fiesteros hoy.

Tras bordear la Ciudad de la Justicia, buscando la Gran Vía, el autobús se detiene en un semáforo, y, de pronto, una mujer rubia, de mediana edad, en un evidente estado de nervios, se asoma a la ventanilla del conductor.

-¿Va a Sant Boi, verdad? Este es el autobús que va a Sant Boi, ¿no?...

El conductor la mira con detenimiento, y suspira profundamente, haciendo acopio de paciencia.

-Es la línea de Sant Boi, sí, pero yo vengo de allí, voy hacia Plaza Catalunya, si quieres ir a Sant Boi tienes que coger esta misma línea en sentido contrario...

Contrariadísima y cariacontecida, la mujer mira angustiada en derredor suyo. A estas horas y en ese barrio, no hay un alma por la calle. Yo diría que está aterrada.

-Está cerca, ahí a tu izquierda, en la primera calle que cruza la Gran Vía. Pero date prisa, que está a punto de pasar...

Soltando un respingo a medias entre grito y jadeo, la mujer sale disparada hacia donde le ha indicado el chofer, corriendo alocadamente. Entonces cambia la fase semafórica, y el autobús gira por Gran Vía, incorporándose al lateral del lado contrario. Avanzamos unos metros hasta rebasar la Jefatura de Tráfico, el gran edificio de oficinas conocido como La Campana. Me doy cuenta que el conductor, lejos de desentenderse de la mujer, mira por dónde va corriendo. Yo también la sigo con la vista, entre interesado y curioso. Ella, dejando atrás la calle indicada, sigue a lo loco, recorriendo a grandes zancadas la acera frente a la desconchada pared del campo de fútbol de La Magoria. El conductor frena casi en seco, abre la ventanilla, y se pone a gritar a la mujer a pleno pulmón.

-¡¡No!! ¡¡Por ahí no!! ¡¡Por esa calle, por la que acabas de pasar!! ¡¡¡Hacia arriba!!!

Ella se para, le mira, hace varias inspiraciones muy profundas, cansada sin duda, y tras ese breve alivio se lanza a correr de nuevo hacia donde él le ha dicho, sola, loca, desmadejada, su sombra solitaria rebotando contra las paredes, bajo la pálida, insegura y mortecina luz de las amarillentas farolas del campo de La Magoria. El chofer sigue atento sus evoluciones, y todos los pasajeros con él, se diría que hasta algo preocupados de que a la pobre no le pase nada. Entonces, al ver venir el autobús de la línea N-13 en sentido contrario por la Gran Vía, nuestro conductor le hace señales luminosas  hasta que llama la atención de su compañero, el que hace el viaje en dirección contraria.

-¡Oye, que hay una mujer por ahí corriendo, que va a Sant Boi, y está perdida...!

El conductor del otro autobús, que se ha detenido a nuestra misma altura, hace un gesto con la mano, levantando el pulgar, el internacional OK.

-¡Párate aunque no esté en la parada – insiste aún el nuestro – Que si no le va a dar algo!

-Tranquilo, que sabiéndolo, ya me fijo, no pasaré de largo...

Tras este breve diálogo, ambos vehículos siguen viaje en sentido opuesto, cada uno hacia su destino correspondiente.

-Ha sido bonito, ¿no? – me dice Elma, a la que creía medio dormida, pero que al parecer se ha enterado de todo.

-¿Bonito? ¿A qué te refieres?

-Al conductor, claro. A que aún quede alguien que se preocupe, sin tener obligación de hacerlo, de que a otra persona, una perfecta desconocida, no le pase nada...

Sí, tiene razón. Muchos otros conductores habrían seguido ruta sin mirar atrás, y allá se las compusiera al pasajera que no sabía ni dónde estaba la parada. El nuestro no, él se preocupó por ella, por lo que pudiera pasarle, y la ayudó en la medida que pudo. Bonito no sé, pero yo diría esperanzador. Mientras haya gente así, gente como él, no nos hundiremos del todo en el fango.

10 comentarios:

cactus girl dijo...

Esta gente es la que me hace no perder del todo la fe en la raza humana...

Porque hay cada borrico por ahí en el transporte público que te quedas loco.

Buen jueves y un besaco

Misaoshi dijo...

Joder, yo diría que es incluso romántico.

Estas cosas deberían pasar más amenudo, y no lo que me hizo un conductor en Madrid en mis primeros meses, en el nocturno bien entrada la madrugada y vestida bastante... a gusto de violadores; le pregunté si iba a Cuatro Vientos y me dijo que había mucha gente y que subiera YA. Al decimre eso pues pensé que sí, lo di por hecho.

Me encontré en un lugar desconocido, me obligó a bajar y le dije que por qué no me dijo que no iba a Cuatro Vientos y me dijo que SUBIERA YA. Me miró con indiferencia y me obligó a bajar sin decirme siquiera donde estábamos.

Al final llamé un taxi y la broma me salió por 25€. Todavía no sé dónde coño llegué, pero nunca más he vuelto a preguntar a un autobusero, lo miro por internet 4 veces antes de salir de casa y me he intentado aprender todas las líneas que pasan por allí.

Ojalá hubiera más conductores como los que te cruzaste.


Saludos ^^

PD: al final te he contado la vida xD

Doctora Anchoa dijo...

Yo, que soy una optimista empedernida, o más bien me empeño en serlo, estoy segura de que siempre habrá gente así. Porque una de las cosas que nos hace seres humanos es ese instinto de protección hacia el resto de las personas.

pseudosocióloga dijo...

El título rima, me encanta el trote cochinero y la historia emociona en su sencillez¿qué más se le puede pedir a una entrada?.
Ya era hora de que Elma y tú os dejarais del trajín de dos casas(pero no me quiero adelantar.....).

Condesa Bathory dijo...

La verdad que sí es un gesto muy bonito. Por lo menos se preocupó por ella, a esas horas sola y agobiada...
Tienes razón, aún queda un poco de esperanza si hay personas así.
Un beso y gracias por el comentario que me pusiste en mi blog.

Co dijo...

Que bueno que aún exista gente que se preocupa pro el prójimo, no? Es algo difícil de encontrar, pero todavía hay gente buena y solidaria. Ojalá el otro chofer la haya esperado y no haya sido en vano el esfuerzo del otro.
Nunca hay que perder la esperanza, y menos, en la raza humana.

Besos Jan!

Madame Milagros dijo...

la mujer siempre busca ser protegida... y al ver ese gesto en un desconocido con una desconocida... despierta la ternura... y realmente como dice Elma, que bonito!
besos y abrazos Jan, nos estamos leyendo.

EriKa dijo...

Por suerte hay buena gente por ahí, fue un detalle que se preocupara.

Besitos.

Lakacerola dijo...

Lo de trote cochinero lo uso muchísimo...si es que parece que somos del mismo pueblo.
Buena semana.

Celia dijo...

Me emociona muchisimo ver que una persona se preocupa por otra que ni conoce.
No lo puedo evitar.