miércoles, 9 de enero de 2013

Última carga de la caballería cosaca

Los lectores habituales de este blog sabéis que no suelo “fusilar” textos ajenos, ni publicar cosas que no sean mías, pero ayer tarde, releyendo un magnífico artículo de Juan Forn sobre el trágico fin de los últimos cosacos, y la traición vergonzosa de que fueron objeto a manos de los británicos, un episodio olvidado en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, más allá de comentarios fugaces, como la curiosidad de que el personaje malvado de una de las películas de James Bond, Goldeneye, fuera precisamente uno de estos “cosacos de Lienz”, se me ocurrió dar algo de luz sobre este hecho histórico, y como no me veo capaz de superar a Juan Forn, copio su artículo, reconociéndole, lógicamente, la autoría:
 
Il Corriere de Trieste anunció el 13 de agosto de 1957 que tres funcionarios alemanes se habían personado en el cementerio de Villa Santina, con permiso para exhumar un cadáver de una tumba sin nombre y trasladarlo a otro cementerio en Garda, donde yacían los soldados y oficiales muertos en Italia peleando por el III Reich. Los parroquianos de cada café de pueblo de las montañas de Carnia sabían perfectamente de quién se trataba (o, mejor dicho, de quién NO se trataba). No necesitaron leer que el cadáver llevaba doce años enterrado y que entre los restos había, además de huesos, un par de espuelas cosacas, un sable con la hoja rota y un reloj de bolsillo. No necesitaron leer que en la tapa de ese reloj estaba grabado el nombre del General Piotr Krasnov, para saber que ese cadáver no era el del Atamán de los Cosacos del Don que, durante unos meses de 1945, se había establecido con sus hombres en aquella región perdida de la frontera entre Italia, Austria y Eslovenia, para crear allí, con permiso de las SS, un territorio autónomo que llevaría el nombre de Kosakia.

Generación tras generación, los parroquianos de esos cafés de pueblo repiten a los más jóvenes la historia. Cuando los nazis encararon la invasión de Rusia, reclutaron al general Krasnov para que sumara un regimiento de cosacos a las fuerzas del Reich. Krasnov, que había tomado el camino del exilio luego de la derrota del Ejército Blanco contra los bolcheviques y llevaba veinte años escribiendo con moderado éxito novelitas tártaras de caballería, partió en el acto a convencer a obreros de la Renault en Billancourt, porteros de hotel en Berlín, choferes de Zurich y acróbatas de a caballo de circos transhumantes, de que sólo ellos, los Cosacos del Zar, podían derrotar a los ejércitos de Stalin. Llegó a juntar cincuenta mil hombres, que partieron al frente a cambio de la promesa de que se les otorgarían tierras en Ucrania para crear su patria, la República Cosaca con la que siempre soñaron.

Los cosacos habían defendido históricamente de los Tártaros los territorios del Zar, aunque tenían mucho más que ver con los Tártaros que con el Zar (de hecho, se jactaban de ser los únicos en Rusia que lo desobedecían cuando querían). Algunos llegaron a pelear junto a Lenin en 1917, creyendo que sin zares volverían los buenos tiempos de la autonomía anárquica, pero cuando comprendieron que los bolcheviques no los veían como otra cosa que perros de guerra, se pasaron sin prurito al Ejército Blanco, y cuando los blancos fueron derrotados ofrecieron crear un “Estado cosaco-soviético” sin comunistas. Desde entonces vegetaban en el exilio esperando cualquier oportunidad que les permitiera volver a Rusia, a guerrear. Recibieron con los brazos abiertos el llamado a filas del Atamán Krasnov.

Los regimientos cosacos sufrieron una derrota tras otra junto al ejército nazi. La retirada los fue empujando desde Bielorrusia hasta el noreste de Italia, pero no les importó porque la promesa del Reich se mantenía, sólo que el territorio ofrecido fue cambiando a medida que los nazis perdían dominios. Y, a fines de 1944, lo único que les quedaba para ofrecer a los cosacos eran las montañas de Carnia. Allí convergieron, en la nieve, los regimientos de Krasnov, diecisiete grupos lingüísticos diferentes, llegados a caballo o en camello o en carromatos indescriptibles, cargados de mujeres y niños tan salvajes como ellos. 


Cuando los aliados y los partisanos de la Brigada Garibaldi ocuparon Trieste, los cosacos retrocedieron hasta rebasar la frontera austríaca con el propósito de hacerse fuertes allí y recuperar su territorio (se decía que habían dejado enterrado un tesoro en las montañas, fruto de sus saqueos por Europa). Pero una vez en Lienz, vieron la desbandada nazi y supieron que todo había terminado. Krasnov negoció su rendición a las fuerzas británicas con una sola condición: No ser entregados a los soviéticos. Se lo prometieron, pero incumplieron su promesa. Los cosacos habitaban un amplio campo junto a la villa de Oberdrauburg, un altiplano rodeado de alambre de espino, sobre las aguas heladas del río Drau. Una madrugada, cumpliendo los pactos de Yalta entre Churchill y Stalin, las tropas británicas entraron en el campo para cargarlos en camiones y entregarlos al Ejército Rojo. Los cosacos, a pesar de estar desarmados, no lo permitieron. Ataron a sus monturas bolsas llenas de piedras y, con sus mujeres y bebés en brazos, se fueron arrojando en masa a las turbulentas aguas del Drau. Unos pocos hacían frente como podía a los soldados ingleses, mientras el resto se inmolaba. Churchill sólo entregó a los soviéticos una décima parte de los cincuenta mil, que terminaron ejecutados o en Siberia. El resto dejó su vida aquella madrugada en las aguas del Drau.

El trágico suicidio colectivo redefinió para siempre la opinión de los campesinos de Carnia sobre los cosacos de Krasnov. Cuando hablan de ellos en el café, no rememoran las penurias que pasaron por su culpa ni el pánico que los embargó al enterarse de que los nazis les habían dado derecho a saqueo, sino el campamento donde convivían diecisiete lenguas distintas, y, vívidamente, como si la hubieran visto con sus propios ojos, esa última carga suicida a las negras aguas del Drau. Claudio Magris recorrió esos pueblos de montaña, pasó largas horas en aquellos cafés escuchando a sus parroquianos, y escribió una novela, que tituló "Conjeturas sobre un sable". Pero no logró convencer a aquellas gentes de que Krasnov no se suicidó junto a sus hombres, sino que fue entregado por los ingleses a Moscú, donde fue juzgado por alta traición y ahorcado en 1947.

Los campesinos de Carnia descreen de todo lo que llega de las grandes ciudades. Eso incluye a Magris, a aquellos alemanes que creían haber hallado la tumba de Krasnov y a los oportunistas que aparecen buscando el tesoro perdido de los cosacos. En Carnia, Krasnov y sus huestes y el tesoro enterrado y nunca hallado pertenecen al mismo orden: como pasaron por este mundo lo abandonaron, con el mismo estruendo y furor, dejando detrás lo único que eran capaces de dejar, lo único que supieron tener en vida, lo único en lo que eran capaces de creer, su leyenda, su sorda y ciega y espeluznante leyenda.

3 comentarios:

Don Heart dijo...

lejanos tiempos que espero no se repitan, el fantasma de la guerra en Europa se disipe.

pseudosocióloga dijo...

Interesantísimo, no tenía ni idea.

Curra dijo...

Vaya historia más bonita.
A pesar de que los guerreros, sean cosacos, samurais o cruzados, no dejan de estar metidos siempre entre leyendas y trajines mitad heróicos, mitad vandálicos. Lo cierto es que en muchos casos persiguen con ahínco un ideal y pagan con sus vidas la deslealtad y el oportunismo de cuantos saben aprovecharse de la fuerza de sus convicciones.
Al final la astucia y el oportunismo siempre acaban triunfando, pero da pena y más sabiendo que es a costa del sacrifico de otros