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sábado, 8 de diciembre de 2012

Naranjas de la China

Siempre la llamábamos “La China” debido a sus evidentes rasgos asiáticos, aunque sabíamos su nombre, Jenny, y sabíamos, también, que no era china, sino panameña, lo que hoy en día, con la comunidad china en España creciendo exponencialmente, es aún más exótico.
 
Tenía algo, no sé bien el qué, una chispa, una gracia, ese duende de que hablan los andaluces, vaya Ud. a saber, pero siempre conseguía que los clientes salieran sonriendo de la tienda. Tenía, eso está claro, ese savoir faire que distingue a los buenos comerciales, y que hace que con cuatro palabras con las que aparentemente no han dicho nada, te convenzan de comprar. Por eso la frutería de Jenny, La China, siempre estaba llena, a pesar de que, seamos sinceros, ni por precio ni por calidad del producto era el mejor establecimiento del barrio.
 
Hace dos semanas que Jenny, La China, ya no nos pregunta cómo nos va, ni nos explica alguna anécdota de sus hijos, aún pequeños, ni nos recomienda uno u otro producto especialmente fresco o especialmente rebajado. Hace dos semanas que a Jenny, La China, la han trasladado a otra tienda de la misma franquicia, al menos eso nos han dicho, y poco a poco su ausencia  se deja sentir. La tienda ya no está tan llena, y las risas han desaparecido. La gente que acude, en menor cantidad que antes, mira, compra, paga y sale sin decir esta boca es mía, algo que era impensable, madre mía, Jenny, La China, tenía palique para todos, y daba conversación a todo el que entraba…
 
Todos nos enganchamos a pequeñas cosas que nos hacen sentir cómodos, buscando el calor de un ambiente, unos lugares y personas, que sintamos como nuestros, nuestra madriguera. Resultan sorprendentes, y a veces increíbles, los elementos que forman parte de ese refugio mental que construimos en nuestro derredor. Ya no es solo nuestra casa, nuestra pareja, nuestra familia y amigos, lo que llamaríamos el entorno privado, son todos los lugares que recorremos cotidianamente, ese autobús en el que viajamos cada día, conducido por un chófer al que ya saludamos por el nombre, ese edificio de oficinas donde desarrollamos nuestra vida profesional y del que conocemos hasta el último rincón, ese vendedor de la ONCE que día tras día a la misma hora, al volver a casa, encontramos aposentado en una esquina, su esquina, ofreciendo a voces los números para el próximo sortero, y cuya monótona cantinela nos hace sentir bien, porque nos indica que ya estamos muy cerca de casa. Pues bien, Jenny, La China, había pasado en el último año a formar parte del paisaje cotidiano de la madriguera donde vivimos Elma y yo, se había convertido en personaje secundario, pero fijo, de nuestra vida.
 
Ahora que ya no está, no es que nos sintamos desasosegados, que tampoco es eso, pero sí es cierto que comprar fruta ya no es lo mismo, aunque de hecho la tienda sigue siendo de la misma cadena y ofreciendo el mismo producto, y aunque los dos chicos que la han sustituido se esfuercen por agradar a la clientela. No, no es lo mismo, ya no mola nada comprar fruta. Sé que es algo puramente psicológico, pero no se me ocurriría desdeñar el poder de la mente… Esta noche Elma, comiendo el gajo de una naranja,  ha puesto una cara rara.”¿Qué pasa?” le he preguntado. Y ella, molesta, me ha respondido “Estas naranjas… Demasiado dulzonas. Bah, no valen nada, desde que no está Jenny…” Me he sonreído. Que nos la venda Jenny, La China, o Perico el de los Palotes nada aporta a la calidad de la naranja que compramos, pero que nos sintamos dentro o fuera del refugio, próximos o ajenos a quien vende las naranjas, eso sí cambia y mucho nuestra percepción de las cosas. Somos como niños perdidos buscando cobijo porque afuera, en la sociedad, hace mucho frío, ruge la tormenta, y nos da miedo lo que no conocemos. Las naranjas saben peor si las vende otro…Ya me veo, carrito de la compra en ristre, recorrer media Barcelona hasta la tienda donde ahora trabaja Jenny, La China.
 
El cuadro que ilustra este artículo, “The fruit vender”, obra de Dominique Amendola.