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domingo, 15 de enero de 2012

Año nuevo, nuevos conflictos

El simulacro de paz y amor ha finalizado. Ya pueden volver a odiarse como el resto del año. Recuerdo haber recibido este cínico mensaje de texto en mi móvil hace unos cuantos eneros, enviado por un viejo compañero del 061, un enfermero tan eficiente como áspero de carácter.

Como si el mensaje cargado de humor negro se hubiera hecho de pronto realidad, miro alrededor, y todo son conflictos.

En mi trabajo, el Comité de Empresa, por su cuenta y riesgo, ha propuesto una modificación del calendario anual que por primera vez desequilibra el reparto de festivos entre los distintos equipos, de modo que siempre hay un equipo de cada turno que trabaja un festivo más que el otro. Dirección ha aceptado esta modificación, que ya se refleja en el planning anual recién publicado. Como cabía esperar, el cambio no ha satisfecho a nadie, provocando el estallido de la guerra entre equipos, pues nadie quiere trabajar un día de más ni cobrar un día de menos. Me desespera que algo que no era problemático, que siempre se había hecho de manera más equilibrada, racional y lógica, se haya modificado claramente a peor, a más injusto y conflictivo. Vamos para atrás como los cangrejos...

En el trabajo de Elma, una inocente y simpática fiesta que espontáneamente organizaron ella y sus compañeros a la salida de la tarde del viernes 30 de Diciembre para despedir el año está trayendo insospechadas consecuencias. En el transcurso de dicha fiesta, alguien, vaya Ud. a saber quién, pero evidentemente uno de los empleados, aprovechó el jaleo para entrar en el despacho del jefe, Gran Pau, y robar algunos regalos que le habían hecho proveedores de su empresa. Resultado previsible: Cabreo monumental de Gran Pau, acusaciones cruzadas (infundadas todas, pues nadie vio nada) de unos compañeros contra otros, y el ambiente laboral en franca decadencia. Pensar que todo empezó por una fiesta da ganas de reir por no llorar...

De mi madre, francamente, prefiero no hablar demasiado. Pero sí, está de nuevo en pie de guerra, y sí, consigue siempre, a pesar de mis buenos propósitos, sacarme de quicio.

Qué largo se me está haciendo este Enero...

jueves, 17 de noviembre de 2011

Una escena verdaderamente lamentable

Como cada año por esta época  aumenta la carga de trabajo, con el consiguiente stress. La lluvia casi constante de los últimos días provoca cierta irritabilidad que a su vez eleva el stress, y para acabarlo de arreglar la maldita migración de sistemas iniciada en mi empresa hace ya dos semanas no acaba de funcionar. El nuevo sistema informático y telefónico funciona, sí, mejor que al principio (sobre todo porque cuando lo implantaron no funcionaba en absoluto) tras incontables fallos, caídas e interrupciones y tras varias implementaciones y reinicios. Pero no acaba de ir bien, y aún, de vez en cuando, hace cosas raras. Digo todo esto para pintaros en cuatro pinceladas el paisaje alrededor de lo que voy a contar, sin que nada de lo dicho hasta ahora justifique que dos hombres hechos y derechos, y médicos por más señas, protagonicen la triste historia que voy a relatar.

Noche del martes al miércoles, sobre las dos de la madrugada. El turno está siendo “movido” para ser día laborable, mucha fiebre, mucho moco, mucho padre primerizo y muchos niños con pocas ganas de ir al colegio al día siguiente… Nada que no pase cada temporada otoño / invierno, pero la acumulación cansa igualmente. Hay también muchas solicitudes de traslado interhospitalario, que parece que no haya camas disponibles en ningún centro. Los recortes se notan, esas plantas cerradas, esa disminución de horas de guardia de ciertos especialistas… Y lo que te rondaré morena. Nos espera un invierno de aúpa, preveo, y no quiero ser agorero.

De pronto, el Dr. F me indica que “algo raro” pasa en su ordenador. Raro, sí, pero habitual: Por algún motivo que los informáticos aún no han logrado descifrar, a veces algún terminal, como en este caso el del Dr. F, se auto bloquea, sin que nada justifique este hecho. Simplemente, deja de funcionar, sin avisar. Y lo malo es que, cuando eso  pasa, ya no se puede volver a usar el terminal de marras, porque ya no deja de ninguna manera volver a reiniciarle ni con el mismo ni con otro usuario distinto. Y, para colmo de males, el usuario que estaba en sesión en el terminal bloqueado queda también bloqueado a su vez, de modo que el Dr. F no tiene más remedio que iniciar un estúpido periplo por todas las posiciones habilitadas para médico en la Sala, probando una a una en cual le deja conectarse y a ver con qué usuario, que con el suyo personal no, ese ha quedado “pillado” en el terminal bloqueado. Genial. Nos quedamos en la práctica con un médico menos, hasta que vuelva a estar operativo el Dr. F, una noche que como os he dicho era especialmente movida. Pero claro, nada de esto es culpa del Dr. F, que pocas ganas tenía él de ir de mesa en mesa como si tuviera el baile de San Vito, a la búsquda de un ordenador que simplemente le permitiera trabajar.

El Dr. S, también de guardia esa noche, es un hombre extraño y problemático ya desde el día que se incorporó al servicio. En palabras, creo que acertadas, de cierta compañera, “roza lo patológico”, y eso que ella no sabe todo lo que este médico hace y dice. Conmigo se lleva bien, quizás porque somos paisanos, oriundos de una zona próxima, en la provincia de León. Pero en general ha dado muchos problemas, varios Jefes de Guardia no lo quieren en su equipo, y no son pocas las veces que ha sido llamado a orden al despacho del Director Asistencial. Estoy seguro que solo el aumento de la carga de trabajo y la falta de médicos veteranos para hacer frente a ese trabajo le mantiene en la nómina de la empresa.  Pues bien, el Dr. S, viendo las evoluciones del Dr. F, que lleva cosa de media hora encendiendo y apagando ordenadores sin que ninguno le haya permitido entrar, conectarse y ponerse a trabajar, sufre uno de sus bruscos, repetidos, famosos y temibles “cruces de cables” y le suelta a viva voz:

-F., ya que no estás haciendo nada, más que pasearte,  te podías acercar hasta la gasolinera y traernos unos cafés…

El Dr. F ya se las había tenido tiesas varias veces con el Dr. S, con quien comparte guardia martes alternos, y, aunque normalmente es más calmado, aquel rebuzno extemporáneo del Dr. S le pilló en mal momento, cabreado como una mona con el tema de no poder trabajar porque el sistema de marras no le dejaba acceder. Se puso en pie con agilidad felina, caminó a toda prisa hasta situarse frente al Dr. S y le respondió con sequedad:

-Mira, S., para decir esas bobadas, más valdría que le dieras otro uso a la boca. Dobla la espalda, a ver si te puedes chupar tu propia polla.

El Dr. S, sin decir nada, se puso en pie casi de un salto. Faltaba poco para que pasaran de las palabras a las manos, era evidente, y la veterana Dra. Simona, que hacía de Jefa de Guardia, y yo mismo, nos pusimos entre ambos, Simona exigiendo al Dr. S que se sentara mientras yo, agarrándole por el brazo, alejaba al Dr. F de ese rincón de la Sala.

La sangre no llegó al río, pero os podéis imaginar lo divertida que fue el resto de la noche, la tensión en el ambiente, el mal rollo… La Dra. Simona ha pedido al Director Asistencial que no vuelvan a coincidir los dos en un mismo equipo de guardia, no al menos de noche, que hay menos gente para hacer de colchón y apaciguarlos, tratando de evitar nuevos agarrones entre ellos, y tal vez males mayores, pero eso significa modificar todos los plannings ya elaborados, que aunque lo parezca, no es fácil.

Ya veremos cómo acaba la historia, de momento os puedo decir que yo, esa noche, sentí tanta vergüenza propia como ajena…

La imagen que ilustra el artículo, una fotografía de Noel Carrión titulada “Pelea de Manos”.

martes, 4 de octubre de 2011

Deseando un plácido otoño

La denegación por parte del Centro de Atención Posventa de RENFE de la solicitud de reembolso de los billetes de ferrocarril que Elma y yo nos vimos precisados a comprar y pagar dos veces, la segunda a precio de oro, ha sido el colofón, la guinda del pastel, de un verano, el de este año 2.011, perfectamente olvidable.

A Elma y a mí nos ha pasado prácticamente de todo en estos meses transcurridos desde que acabó la prometedora y dulce primavera: El proceso - que creimos fácil ¡ja! - de transformar el piso que ahora compartimos de mi leonera de soltero a un verdadero hogar nos ha llevado no sé por qué extraños vericuetos a una auténtica vorágine de trabajos de bricolage que tal parece que no acabarán nunca. Por contra, las obras de rehabilitación y mejora de las terrazas interiores, a cargo de la Comunidad de Propietarios, lo que parece es que no van a empezar jamás, que tenían que haberse acabado (¡acabado!) en Julio, y aún ni se han iniciado. Así nos tienen, expectantes, sin poder acabar de acondicionar el patio a nuestro gusto por miedo que en cualquier momento se inicien las obras y se arruinen las mejoras que hayamos hecho. No parece, sin embargo, que haya fecha contratada, porque nadie apremia a los contratistas (Que han cobrado un sustancioso adelanto...) a que de una vez se decidan a empezar. Del viaje de Agosto al pueblo de Elma y a mi pueblo mejor ni hablar. Poco bueno hubo, y sí en cambio bastantes cosas malas. Picaduras de insecto que me provocaron infecciones en los pies de las que he tardado un mes en recuperarme, incomprensiones y peleas familiares, viajes de pesadilla plagados de incidentes y retrasos, tiempo revuelto, (y no hablo solo del clima...) Ahora, para acabarlo de arreglar, resulta que el viaje nos ha salido carísimo...

En el trabajo de Elma, la relación sentimental, cada vez más evidente, aunque ellos la nieguen, entre el jefe y una de las empleadas, empieza a levantar ampollas entre el resto de la plantilla. Sobre todo cuando el jefe, rumboso, pero muy falto de mano izquierda, no tiene mejor idea que llevársela un fin de semana “ampliado” a cuatro días (añadiendo jueves y viernes) a cierta bucólica casa rural en la Ribagorza, y ella, coqueta y sumisa, marcha con él, dejando colgado su trabajo de esos dos días, que alguien hará, claro, porque el trabajo debe salir. Alguien que deberá hacer lo suyo y lo de la otra...

En mi trabajo, ahora (¡A buenas horas!) les ha dado por hacer “limpieza general” y llevan una semana despidiendo un trabajador al día. De momento no han echado a nadie que no estuviera ya más que advertido y por tanto sentenciado, pero es inevitable que tras echar con cajas destempladas a seis compañeros, algunos veteranos, se cree un ambiente de miedo y nerviosismo entre los demás, que no saben qué narices está pasando, porque nadie se lo dice, y la cosa parece, aunque no lo sea, un ERE encubierto. No es así, nerviosos y amedrentados, como estaremos en mejor disposición de afrontar las duras jornadas que nos aguardan. Pues resulta que no, que soy un cenizo, un alarmista. Expongo mi opinión al resto de mandos intermedios de la empresa, y me siento solo. Todos parecen encantados con que los trabajadores estén así, empequeñecidos, con “el culito apretado” por si les echan a la calle. La Coordinadora de Calidad cree que el miedo “da vidilla” a los trabajadores, a los que considera demasiado aposentados. Al oirla, muchos pensarían que somos funcionarios. Claro,  poca cosa podemos esperar de una trepa reconocida, falsa, aduladora y cruel, autora por más señas de la célebre frase “A ver si voy a tener que pedir perdón por ser rubia y lista...”

Lentamente entramos en el otoño climático, que en el astronómico llevamos ya varias semanas. De veras espero que se pareza más a la primavera que al verano.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Misterios de la Planificación (y II)

Es un misterio, en verdad, que se permita un cambio de guardia entre compañeras que no tienen jornadas laborales equivalentes.

La compañera del Turno de Tarde viene por la compañera del Turno de Noche, pero solo las ocho horas que corresponderían a su jornada habitual de tarde, concretamente de 23:00 a 07:00, y no las diez que debería hacer como hacemos los demás trabajadores de Noche, de 22:00 a 08:00.

¿Cómo puede permitirse esto, como se tolera que se cambien diez horas a cambio de ocho?

Pero es que aún hay más, porque se permite este desbarajuste sin ni siquiera comprobar que sea en un día, que los hay, en que los compañeros que en el Turno de Mañana hacen las funciones de las chicas que se intercambian guardia entren a las 07:00, y en cambio, por ignorancia o estupidez, que no hay más opciones, se realiza este aberrante cambalache un día en que entran a las 08:00, de modo que durante una hora, de 07:00 a 08:00, el puesto queda vacío, y sus tareas nos las tenemos que repartir a suertes entre los demás.

¿Qué importa, qué importa nada, si alguien, uno u otro, lo hará, se esforzará, cubrirá con su sudor y su buena voluntad los fallos del sistema, los errores de los responsables, la desidia de la Dirección?

Bien, si así lo quieren, así será, pero que luego no hablen pomposamente de Planificación...

Misterios de la Planificación (Primera Parte)

En primavera, Dirección pidió a Helena (con hache) que no solicitara ni disfrutara los días personales que le quedaban por solicitar y disfrutar, todos los del 2.011 y algunos pendientes del 2.010, que los dejara para después del verano.

Para convencer a Helena (con hache), porque en ese momento interesaba, y mucho, convencerla, se le prometió que no se le aplicarían las estrictas normas que sobre materia de días personales rigen en mi empresa, que cuando le fuera bien a ella, siempre después de verano, se le permitiría pedir varios días personales juntos, o pegados a vacaciones, en fin, que podría saltarse las normas a la torera, en pago de su buena voluntad, esperando varios meses a poder ejercer sus derechos.

Pues bien, hete aquí que ya pasó el verano, y que a Helena (con hache) le gustaría tener libres varios días de Octubre, así que, tal como le prometieron que podría hacer, solicita tres días seguidos. ¿Respuesta? Solicitud denegada. ¿Motivo? Incumplimiento de las normas internas de la empresa sobre días personales, ya que no se pueden pedir varios seguidos. Vergonzoso. Pero aún hay más.

Helena (con hache) no desespera, muy al contrario, consigue un cambio de guardia para el día del medio de los tres, y solicita de nuevo como personales los otros dos, ahora ya no seguidos. ¿Respuesta? Solicitud denegada. ¿Motivo? Necesidades del Servicio. O sea, ya con guasa.

Cuando interesó a Dirección, se le ofreció a Helena (con hache) todo lo que pidiera, a cambio de que pasara por el aro y aceptara un menoscabo en sus derechos. Ahora, cuando ya la han utilizado y no la necesitan, de lo hablado nada de nada.

Es cuento viejo éste, ya sabéis, prometer hasta meter, y después de metido nada de lo prometido, pero vamos, me sigue sorprendiendo esta actitud en nuestra cúpula directiva, cuando es sabido que más tarde o más temprano volverán a necesitar que otra persona, tal vez incluso la misma Helena (con hache) renuncie a alguno de sus derechos o realice un sobreesfuerzo más allá de lo exigible, renuncias y sobreesfuerzos que cada vez menos gente está dispuesta a hacer viendo luego el pago miserable que se da a los que bailan cuando Dirección silba. Lo peor de todo es que los servicios se aguantan en gran medida gracias a la buena voluntad de los trabajadores, y francamente, cada vez nos queda menos de esa buena voluntad, cada vez estamos más hartos de las jugarretas de los jefes. ¿Revolución? No, ni hablar. Pero pasotismo y desinterés, de eso a mansalva. No sé qué es peor...

lunes, 12 de septiembre de 2011

El mundo se acaba

A... sospecha que tiene lombrices, sí, sí, lombrices, parásitos intestinales, pero no deja que nadie le mire el culo para comprobarlo.

R... me dice que los dos días sin sueldo que se ha pedido la semana que viene los va a dedicar a subirse a un escenario nada menos que en Elche, provincia de Alicante, disfrazada, vestida, pintada y caracterizada como Montserrat Caballé, y de tal guisa cantar “Insurrección”, el célebre tema de El Último de la Fila, a dúo con un tipo disfrazado, vestido, pintado y caracterizado como Manolo García.

N... ha vuelto hoy de vacaciones para descubrir que NADIE ha hecho NADA de lo que ella hace, y que en teoría debe seguirse haciendo diariamente aunque ella no esté. Pero nada, nada, de verdad, null, cero patatero, ni modificar una ficha informática ni tocar un solo papel de su departamento desde el 28 de Agosto, que es cuando se fue.

Las heridas de mis pies van mejorando, pero no acaban de sanar. Elma me las cura con esmero por la mañana y por la noche, cambiándoles gasas y vendas. Las llevo tapadas y literalmente bañadas en ácido fusídico, como me ha dicho la dermatóloga. Hago todo lo que se debe y se puede hacer, pero no acaban de sanar. Sepsis. Esa maldita palabra me ronda por la cabeza. Me da miedo, pero me ronda...

¿El mundo se acaba? No sé. Hay partidarios de que sí, muchos, particularmente, en mi trabajo. Pretendidos supervivientes que ya se entrenan para salir indemnes del desastre. Yo realmente no sé si se acabará o no el año que viene. Lo que sí sé es que el jodido mundo va mal, pero que muy mal, rematadamente mal...

miércoles, 4 de mayo de 2011

Hermanas, compañeras y enemigas

Luna y Selena son hermanas. No hay discusión sobre eso.

Luna y Selena se parecen mucho físicamente, de manera incuestionable. También se parecen, yo diría que aún más, en su forma de ser, en su idiosincrasia y carácter. Solo que esto, a diferencia de lo otro, no lo reconocerán ni sometidas a tortura.

Luna y Selena son, también, compañeras de trabajo. Ambas son enfermeras y ambas prestan servicios en mi misma empresa. De manera intencionada, porque es algo que ellas han querido y buscado, las dos trabajan en turno de Noche pero en equipos espejo. Lo que significa que, cuando una trabaja, la otra descansa, y viceversa. Si no existieran los cambios de turno, vacaciones, horas extras, y demás alteraciones del planning, Luna y Selena no tendrían por qué coincidir jamás, ni verse nunca las caras en la empresa.

Luna y Selena se odian. Intensa, profunda y encarnizadamente. Uno de esos odios negros e insondables, que con frecuencia acaban en homicidio.

Nadie sabe el origen de ese odio, ellas nunca lo han contado, y pocos se han atrevido a preguntar, recibiendo siempre por respuesta una mala contestación. Su odio es un hecho tan meridianamente claro como absolutamente inexplicable. Algo así como las caras de Belmez o las psicofonias del Palacio de Linares.

Nena, que necesitaba tener libre la noche de hoy, hizo un cambio de guardia con Selena. Pues bien, Luna, ante la perspectiva de encontrarse aquí esta noche con su hermana, ha llamado diciendo que estaba enferma y no podía venir. Y lo curioso es que a lo mejor lo estaba de verdad: Ayer, al saber la concesión del cambio de guardia y prever que iban a coincidir las dos, se puso realmente ansiosa. Así que, finalmente, no han coincidido. Mejor, mucho mejor, para todos...

miércoles, 20 de abril de 2011

A veces me indigno

A veces, me indigno. Me sigo indignando. Y me sorprende.

Porque no debería. ¿A qué narices paso estos berrinches, si lo tengo ya todo visto en el mundo de las relaciones laborales, si ya nada debiera sorprenderme, y mucho menos indignarme?

He visto elegir a los peores para los mejores cargos.

He visto postergar a los mejores hasta prácticamente expulsarlos de la empresa por pura envidian de los primeros.

He visto cómo una Supervisora me denegaba una semana de vacaciones que había solicitado, argumentando que los últimos tres días de la semana entraban en el mes de noviembre, y noviembre, por normativa de la empresa, era mes inhábil para vacaciones. Y he visto como, según acababa de hablar conmigo, exhortándome a que rellenara una nueva solicitud de vacaciones en otra semana, se dirigía a la compañera sentada frente a mí, notificándole entre bromas y alharacas que a ella sí que se le concedían las vacaciones que había solicitado. ¿Lo adivináis? Nada menos que quince días en el mes de noviembre. Sí, lo sé, no digáis nada.

He visto, oído y sufrido mentiras, traiciones, golpes bajos y puñaladas traperas.

Os aseguro, pidiendo perdón por el exagerado dramatismo, que desde el primer día que pisé el primer centro de trabajo donde me desempeñé, me volví peor persona.

He visto todo eso, y muchas cosas más que no tengo sitio ni tiempo ni ganas de contar.

Y a pesar de eso me indigno, y no puedo sino concluir que soy gilipollas.

Porque no debiera indignarme. Debiera esperar lo peor de cada uno de mis compañeros. Debiera asumir que el que pueda joderte te joderá y el que pueda beneficiarse en algo de que tú estés jodido te joderás dos veces… Debiera saberlo y aprenderlo, asumirlo y aceptarlo, y dejar de indignarme a lo bobo, que parezco nuevo, joder, y no lo soy.

Que sé de sobra que vales tanto como lo que hiciste ayer, que nadie tiene en cuenta si te has esforzado más o menos, si has puesto de tu parte un plus de dedicación o no, que al final de mes cobras lo mismo que cualquier otro de tu categoría profesional, por más que ese otro trabaje la mitad que tú y se escaquee todo lo que pueda. Y cuidado, no sea que ese otro, irresponsable y escaqueado, caiga mejor que tú, que a fuer de responsable pareces serio y aburrido, un muermo, vamos, vaya plasta de tío, y aún le beneficien, al lerdo irresponsable, por su simpatía. Que tú eres un hueso, hijo, así cómo le vas a caer bien a nadie...

No tendría que indignarme, pero me indigno. Que tonto soy. Aunque para lo que me sirve...

jueves, 17 de marzo de 2011

El ladrón de manduca

-¡¡Al que me coja esto de la nevera, lo capo!!

La Dra. R lo dice alto y claro, plantada desafiante en medio de la sala, exhibiendo en alto, cual si fuera un trofeo, para que todos lo veamos y no haya duda, una Copa Danone de nata y chocolate.

Tras un tiempo desaparecido, el Ladrón de Manduca, como así hemos bautizado al audaz (y cabronazo) ratero que asalta la nevera del Office y se come sin duelo las viandas ajenas, dejando sin comer al que tenga la mala suerte de que su cena o almuerzo despierte el apetito de este delincuente, el Ladrón de Manduca, os decía, ha vuelto, más activo y osado que nunca.

Su última hazaña, robarle un bocadillo a cierta Coordinadora del Turno de Tarde.

La compañera expoliada llegó de la calle para iniciar su turno de trabajo portando una bolsa del Pans and Compaany que contenía un bocadillo de jamón serrano, su cena de aquel día. Entró, dejó la bosa con el bocata encima de una de las mesas del Office, se llegó hasta la Sala, saludó a un par de personas, recibió novedades del Coordinador de Mañana al que iba a relevar, volvió rápidamente al Office... Y la bolsa ya no estaba. Evidentemente, solo podía habérselo llevado o alguno de los compañeros que fumaban a la puerta de la empresa o algún otro de los que estaban entre la Sala y el Office, con los que se había cruzado en el camino. La rabia de sentirse robada y quedarse sin cena no era nada comparara con la tremenda rabia que le provocaba la certeza de que el descarado ladrón debía ser, necesariamente, un compañero.

A la Dra. R, la que tan rotunda advertencia nos lanzaba al resto de Turno con su jugoso postre en la mano, ya van tres semanas seguidas que se lo roban de la nevera antes de que pueda comérselo, dejándola con un palmo de narices. A ella le gusta ese postre ya tarde, sobre las seis, es como su reserva de glucosa cuando ya se encuentra desfallecida. Pero no llega a esa hora. Alguien, antes, se lo come. Alguien que necesariamente es un compañero, bien de nuestro Turno de Noche, bien de los últimos del Turno de Tarde que acaban su jornada al filo de la medianoche.

Me da vergüenza ajena tener que explicar esto, pero así somos, y no es la primera vez que lo veo. Cuando trabajaba en el 061, tuve ocasión de ver algo un escalón por encima en una teórica escala de hijoputez: Una compañera del Turno de Mañana, diabética, dejaba en la nevera un tetra brick de leche de almendras para ella. Ponía su nombre con un rotulador en el exterior del tetra brick, aunque no hiciera falta, pues todos sabíamos que la leche de almendras era suya. Pues bien, se la bebían, sí, como lo oís, había algún jueputa que la dejaba sin su leche, a sabiendas, porque también esto todos lo sabíamos, que ella, al no poder beber leche “normal”, si se quedaba sin su bebida se quedaba sin almuerzo. Hay que ser verdaderamente desalmado para hacer eso, pero había allí quien lo hacía sin despeinarse y seguro que sin el menor remordimiento ni cuestión moral.

Así somos, repito.

Y luego se llenan la boca hablando de civismo...

martes, 15 de marzo de 2011

Novia mojada, novia afortunada

El pasado sábado, 12 de marzo, era el día elegido para la boda de la Supervisora Missia, la Gran Víbora.

El pasado sábado, 12 de marzo, fue un día frío, gris y desapacible, plenamente invernal. Un día en que, entre otras inclemencias climáticas, llovió sobre Barcelona de la mañana a la noche, sin una sola tregua.

El pasado sábado, 12 de marzo, poco antes de las diez de la noche, entré en la sede de la empresa donde trabajo, haciendo de tripas corazón para parecer bien dispuesto a iniciar un turno de guardia nocturna, cosa que no era en absoluto cierta, porque me había costado un mundo despedirme de Elma en la estación de metro de Santa Eulalia para irme a trabajar, y aún me dolía en los labios ese último beso con música de acordeón de fondo, y me encontré para mi pasmo, sorpresa y estupefacción con una auténtica juerga en el Office: Varias compañeras del turno de Tarde habían introducido subrepticiamente tres o cuatro botellas de cava (El alcohol está totalmente prohibido en horas de trabajo y en las dependencias de la empresa en general) y brindaban por la boda de nuestra superiora sin reprimir las risas cínicas ni los gritos estentóreos. “¡Novia mojada, novia afortunada!” chillaba a viva voz la que iba más perjudicada.

Era todo, claro, un fortísimo ejercicio de cinismo y falsedad. Por lo que brindaban, por lo que estaban tan contentas, tan risueñas, tan desaforadamente alegres, era por el día de perros que estaría teniendo Missia. Gozaban imaginándosela empapada en su blando atuendo nupcial, los invitados pelándose de frío, la fiesta arruinada… Se regodeaban de manera indecente y mezquina en la desgracia ajena, con el (para mí) agravante de hacerlo en forma pública y festiva, considerando motivo de festejo que Missia lo estuviera pasando mal y se viera frustrada en su sueño de boda perfecta por las inclemencias meteorológicas.

Missia no me cae bien. He sufrido en el pasado alguna de sus decisiones tendenciosas e injustas, y por más que con el tiempo hemos mejorado algo nuestra relación profesional, evitando encontronazos, de sobra sé que llegado el caso me quitaría de en medio sin dudarlo, como ha hecho con otros que le estorbaban. No, definitivamente, considero a Missia mala persona, un bicharraco de la peor especie. Pero esto… Este jolgorio porque llueve, este refocilarse imaginando a la otra caída, frustrada, enfadada y hundida… No, esto no está bien, esto tampoco es lo que toca, es injusto, innecesario, indigno de seres civilizados. Claro, que suponer que todos los ciudadanos de este Occidente hedonista, autista y enajenado en el que vivimos están realmente civilizados es mucho suponer. Es, en realidad, una muestra de falsedad, de ese absurdo optimismo buenrollista contra el que tantas veces me he manifestado. Somos en realidad envidiosos, rencorosos, ambiciosos, mentirosos, cínicos, mezquinos y absolutamente egoístas, bien que lo sé. Una auténtica mierda de sociedad que hemos creado entre todos…

NOTA: Sé que hace muchos días que no dejo comentarios en vuestros blogs, aunque os leo. No me lo toméis en cuenta. A ver si dentro de poco puedo dedicaros algo más de tiempo...

La imagen que ilustra el artículo está sacada de la página de moda nupcial Bodaclick.

lunes, 14 de marzo de 2011

Tres historias del trabajo

Os cuento a vuelapluma tres historias de esta semana que llevo sin escribir nada. Semana de muchísimo trabajo, de cambios, de formaciones, de nuevos servicios, de caos.

Ana es una chica decidida. Ha acabado Psicología y está haciendo un máster de Clínica. Lo ha hecho todo por su cuenta, sin apoyo, pagando con su trabajo hasta la última clase y el último libro. Sentados frente a frente en una de las mesas del Office, me mira, triste, algo avergonzada, quizás, de confesar una debilidad, algo a lo que no está acostumbrada, su lacio pelo castaño rojizo tapándole media cara de piel sonrosada, en la que brillan como tizones dos ojos negros y profundos, y me lo cuenta en voz baja, triste y apesadumbrada. Me dice que sus padres siempre dijeron que tenía que estudiar, porque ella valía, pero que tenía que pagárselo por sus propios medios, que ellos no podían ayudarla. Y así ha sido, hasta ahora. “No puedo más, Jan, no doy más de mí” Me dice.”Al empezar, la tutora ya me advirtió que el plan de estudios del máster era muy exigente y no estaba pensado precisamente para compatibilizarlo con un trabajo, pero como siempre he estudiado y trabajado a la vez, como me he sacado la carrera así, pensé que podría hacerlo. Pero no puedo... De treinta alumnos, solo tres trabajamos, y somos los tres más atrasados...” Afirmo con un gesto, callado, porque no sé qué decir, francamente. Estudiar y trabajar a la vez siempre ha sido muy duro. De un tiempo a esta parte, gracias entre otras cosas al Plan Bolonia, empieza a resultar sencillamente imposible.

Elke es una compañera, alemana residente hace años en España, casada con un español, con la que he compartido dos largas y complicadas mañanas de formación en un nuevo servicio que pronto gestionaremos. Elke me expresa, en un intermedio de la formación, su hastío y su desencanto con la empresa: La enviaron una semana a Alemania, a la sede central de cierta empresa farmacéutica para la que gestionaremos el nuevo servicio. Le recalcaron que era un viaje absolutamente confidencial: Nadie en la empresa, ningún compañero de ningún turno ni departamento, debía saber el verdadero objeto del viaje. Elke guardó celosamente la verdad, fingiendo que se iba de vacaciones con su familia. Pues bien, cuando el formador, empleado de la Farmacéutica, la vio sentada en el aula, lo primero que dijo en presencia del resto de sorprendidos empleados-alumnos fue “Ah, Elke, tú eres la que ha estado unos días en nuestra sede central en Alemania, ¿no?” Por si eso fuera poco, me cuenta Elke, entre enfadada y admirada, que nadie, ninguno de los directivos de nuestra empresa, le ha preguntado nada del viaje, de su estancia allí ni de lo que le habían dicho o dejado de decir en Alemania. Nadie. Como si de verdad viniera de vacaciones. Ella, prudente, había tomado notas por si debiera redactar un informe... Nada. La tarde anterior a la primera mañana de formación, cuando pasaba frente a la puerta del despacho del Director Asistencial, éste la llamó para que entrara, y Elke pensó que, al fin, la preguntarían sobre Alemania. Nada más lejos de la realidad. Lo que quería nuestro Director es que Elke le ayudara a reservar habitación de hotel en Berlín...

A Amy, compañera de mi equipo en el turno de noche, no le importa hacer las horas extras que sean necesarias, ni empalmar turnos, ni acudir cuando se la llame aunque sea solo con una hora de anticipación, es una mujer incansable que acepta trabajar todo lo que se necesite y más. Lo hace, claro, por su propia conveniencia, por el dinero extra, que cada mes, a base de turnos añadidos, se saca casi un segundo sueldo, pero es de justicia reconocer que Amy es alguien con quien se puede contar, alguien que, cuando las bajas (Y la mala planificación) han mermado turnos y equipos, ha sacado adelante, ella sola, el servicio, al menos en lo que a su parte de tarea se refiere. Eso, a mi entender, merece, al menos, un respeto. Pues bien, Amy tenía un cambio de turno  solicitado y concedido hace semanas para el domingo por la noche, para ahora mismo, para este turno en que aún estamos. Menos de veinticuatro horas antes, el sábado a primera hora de la noche, recién entrados de guardia, nuestra Supervisora, Súper Nova, llamó al centro de trabajo para hablar con Amy y decirle que, examinando el planning del domingo por la tarde, había un hueco que se necesitaba cubrir, y que por eso, así sin más, anulaba el cambio. Sí, como lo oís, la Supervisora anuló un cambio de turno, firmado y concedido, sin dar otra opción ni siquiera dejar tiempo para cambiar de planes, porque Amy, claro, tenía planes para este domingo por la noche, planes que no incluían estar aquí, cerca de mí, trabajando con modales de perro y cara de pocos amigos. Pues no hubo nada que hacer, nada que pudiera convencer a Súper Nova de lo injusto de su decisión. Ahora Amy, enfadadísima, dice que no hará una sola hora extra más, ni atenderá ninguna llamada de auxilio para salvar del hundimiento turnos faltos de personal. Si no le llega con su sueldo, que no, ya sabemos que no le llega, trabajará a media jornada o se buscará la vida con algún sobresueldo comercial, que Amy tiene garra y tablas para salir adelante en lo que sea, experiencia no le falta. Pero horas extras no, ni una más, así se hunda la empresa en un remolino de fango. Súper Nova ha cubierto la tarde del domingo, eso es lo que ha ganado con su decisión. Lo que no sabe, ni creo que tan siquiera lo imagine, es lo que ha perdido...

Tres historias, tres pinceladas de esta infernal semana. Espero que os hagáis una idea. Gracias por seguir ahí, ya os seguiré contando...

viernes, 11 de febrero de 2011

Reuniones, hipocresías, recuerdos y "mala" educación

Jueves, primera hora de la tarde. Reunión de Planificación, también llamada Reunión de Mandos Intermedios, en la sede de mi empresa. Nuestras dos Supervisoras, Missia y Moira, presiden el encuentro, situadas una en cada extremo de la gran mesa rectangular. Ninguno de los diez asistentes hemos comido todavía, ni sabe si comerá algo. Bueno, corrijo. Algo es seguro que comeremos todos en mayor o menor medida: Marrones. Ayer había de sobras para todos…

En determinado momento, cuando parecía que ya íbamos de bajada, que, habiendo superado los peores momentos, podríamos lanzarnos indecorosamente sobre los bocadillos, devorándolos a dos carrillos, como si lleváramos dos semanas sin probar bocado, la Supervisora Missia lanzó una propuesta que nos dejó a (casi) todos helados. Sin entrar en detalles innecesarios, un endurecimiento de las normas de régimen interno, lo que por aquí llamamos Orden en Sala. Creo que, de aplicarse, ese cambio no sería bueno. La Supervisora Missia ignora o minimiza los efectos negativos del inevitable efecto rebote de los trabajadores, ya quejosos por el aumento en cantidad y rigidez de las normas disciplinarias lo largo de los últimos meses. Yo no. Yo nunca desprecio la tenacidad con que el trabajador medio trata, dedicando a ello todas sus fuerzas, entendimiento y voluntad, de escaquearse de las prohibiciones que se le imponen. Así lo digo.

Se me mira mal por decirlo. No me importa, estoy acostumbrado. Se inicia entonces un debate extraño que me deja mal sabor de boca. Los Jefes de Equipo y de Área que sé que son más permisivos, más  dados al comadreo con sus subordinados, son sin embargo los que se muestran partidarios de aprobar la propuesta de Supervisión, dorándole la píldora sin disimulos a Missia. Solo postrándose a sus pies para que les use de felpudo podrían humillarse más ante ella. Hipócritas. Quedan bien en los despachos para que luego sean otros los que batan el cobre en la sala, donde ellos serán claramente incapaces de aplicar la norma que defienden. A pesar de que algún otro compañero, también del “sector duro” donde me encuadro, trata de apoyarme en mi opinión, finalmente la propuesta se aprueba, ante el raro silencio de Moira, a quien conozco suficientemente bien como para saber que los modos de Missia no son de su agrado. Moira suele compensar, desde su igual rango, la deriva fascistoide de Missia. Pero hoy no.

La Hipocresía reina, y el Dinero es Dios.

Abstraído de la reunión, cuyo contenido, asumido que los hipócritas iban a aprobar las propuestas de Missia por estúpidas que fueran, ya no me interesaba, me dio por pensar en mi concepto del mundo, en la solitaria frase que pongo antes de este párrafo, que tantas veces oí de labios de mi madre, siendo un niño, sin acabar de comprenderla. Y pensé en mí mismo, y en alguna otra de sus fases lapidarias, con las que trataba en vano de educarme, de prepararme para el mundo. En vano porque jamás la hice caso. Jamás hasta hace bien poco.

Tenía de crío, y algo conservo, aunque disimuladísimo por años de aprendizaje práctico del manejo de los convencionalismos sociales, el perfil típico del sociópata. Mi madre, que tiene mentalidad de archivera (O síndrome de Diógenes, no estoy seguro), y lo conserva absolutamente todo, aún tiene guardados los test psicotécnicos que puntualmente me hacían cada principio de curso. Durante doce años arrojaron, invariablemente, el mismo resultado: Gran fluidez verbal, buena comprensión lectora, nula comprensión abstracta. Enorme capacidad organizativa y directiva, con dotes de mando (Como orientación profesional ponían siempre militar o empresario), pero con todo ese potencial lastrado por una nula integración familiar y ningún sentimiento de pertenencia a comunidad alguna, ni nacional, ni local, ni siquiera educativa. Yo era (No, no era, me sentía) distinto a todo y a todos. Mis compañeros tenían familias normales. Tenían, para empezar, un padre a quien regalar el trabajo manual que cada año nos hacían elaborar nosotros mismos por San José. ¿Sabéis lo frustrante que era para mí ser el único niño de clase que no ponía “Felicidades Papá” en el llavero en forma de payaso?


No, nunca me integré en esa comunidad de niños aparentemente perfectos con familias aparentemente perfectas. Tampoco encontré el modo de integrarme en Barcelona. Había sido muy feliz con mis abuelos en el pueblo, y por eso idealicé aquel lugarejo perdido en los campos leoneses, convirtiéndolo mentalmente en mi particular paraíso perdido. El paso lógico siguiente en el camino de la soledad absoluta era odiar Barcelona, convertida para mí en ciudad-cárcel. La odié muchísimo, y hasta hace poco no me reconcilié con ella, aunque ahora, sinceramente, no me imagino viviendo en otro sitio. Donde menos me integré fue en mi familia, en esa casa que nunca fue hogar, bajo ese techo que solo por ser de mi madre ya era territorio hostil para mí…

Y alcancé la mayoría de edad, y entré en la Universidad… Y por supuesto, tampoco me adapté, claro. Pero eso sería cuento aparte. De mis años universitarios salió el germen de lo que fue mi cambio, mi renovación, mi renacimiento, el inicio de la senda de la madurez.

Mi madre, que es la persona menos didáctica que pueda imaginar, soltaba algunas perlas en mi infancia que he tardado muchos años y un sinnúmero de experiencias y fracasos propios en comprender, asumiendo que, efectivamente, tenía razón en muchas de ellas (Casi todas, lo reconozco, más vale tarde que nunca, ¿no?) pero insistiendo en que, a la edad y de la manera que ella me las decía, era imposible que yo pudiera sacar provecho de sus enseñanzas, porque era improbable que siquiera fuera capaz de comprenderlas. Aún me acuerdo cuando, una tarde de domingo, estando yo ocupado en la redacción de un trabajo de Ciencias Naturales, mi madre, cabreada por alguna mala jugada de cualquier compañera de trabajo, que el trabajo de mi madre supera notablemente al mío en mal rollo, me miró fijamente y me soltó con toda solemnidad: “Jan, hijo, en el mundo hay dos clases de personas, las putas y los hijos de puta…” Impactadísimo, lo repetí al día siguiente en el colegio… Y acabé teniendo una durísima charla en el despacho del Tutor de mi curso, convencido, me temo, que yo era un peligroso y agresivo psicópata.

Bueno, así fue mi educación, un poco a trompicones. Tampoco imaginaba yo entones cómo sería el mundo real. Nunca me imaginé a mí mismo en una reunión como la de ayer, tan llena de mierda. Claro, lo de las putas y los hijos de puta fue una boutade materna. Pero esa otra, lo de que la Hipocresía reina y el Dinero es Dios… Ya lo creo, madre. Ni te imaginabas cuanto cuando me lo dijiste…


Los que me leéis hace tiempo ya sabéis que suelo compensar con un chiste gráfico la acidez de los textos, y no va a ser menos, aunque ni me he molestado en buscar, cuelgo uno que ya colgué en mi blog anterior (finiquitado) sobre reuniones de trabajo. No me siento hoy muy para chistes…